Voto de silencio

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Un profesor de mi facultad decía que la economía es una ciencia racional que se basa en elementos irracionales y emotivos. Un ejemplo de ello es la confianza, que hasta tiene un índice para medirla.

La confianza a su vez apadrina la fe, esa que hace a la gente esforzarse en sus empresas, negocios y trabajos, con la esperanza de que todo va a cambiar, con la ilusión de que el esfuerzo que realiza, aunque no tenga un resultado inmediato valdrá a la larga para mejorar. Nada hay peor que perder la esperanza, porque sin ella se desmorona hasta el presente.

Una parte de los españoles han decidido cambiar a sus representantes y elegir nuevos gobiernos autonómicos y municipales hastiados de otros que han transformado el ánimo, en algunos lugares, en una mentira permanente.

Una parte del país siente que cada vez que se proclama el final de esta agonía lo único que se hace es apagar las luces para que no veamos el túnel sigue. Una parte entiende que el sufrimiento de un país es solo para los que no cobran comisiones. Ahora, tras la pérdida de votos, hemos pasado de la mentira al silencio, algo incompatible con la esperanza.

Puede que no haya dudas sobre el impecable currículo de una buena parte de los ministros y secretarios de estado. Puede que sea cierto que el presidente no ve a nadie mejor que él para liderar el país y su partido. Seguro que la mayoría de la administración saliente está bien formada y que es competente y sería. Tan sería que su presencia te hace llorar, sus miradas desvaídas, su gesto adusto, su aire distante te sumen en una desazón salvajemente dolorosa, como cuando de la habitación hospitalaria de un familiar enfermo sale cariacontecido, casi sin gesto, el cirujano jefe, ese que todos te han dicho que es una eminencia, capaz de dar vida a una piedra, y entre ladeos y ojos torbados te insinúa con una sola mueca, “prepárate para lo peor”, aunque no articule palabra. Y mientras camina sin voluntad ni celo hacia ti, aprietas los labios, despliegas los parpados y escurres una lagrima, sabiendo que la siguiente palabra va a ser un pésame.

Así nos sentimos muchos españoles, sentados en una universidad que no se atisba que sea más que un entretenimiento, pues no va a ser capaz de formarnos para ninguna labor útil, en un país cada vez más arrasado, en lo moral y en lo social.

No se puede escuchar cada semana un mal dato, cada semana un arresto, cada semana un juicio por robo de políticos, ante la cara de acidez de estómago de Luís de Guindos, siempre escondido entre sus dos manos prietas, la mirada intimidatoria de Soraya  y los titubeos de Cospedal, siempre balbuceando y moviendo papeles de un sitio a otro, sin destino ni razón. Pero, sobre todo, no se puede soportar el infame silencio de quien ha sido elegido de forma avasalladora por un país para liderar y estimular su salida del infierno. Hemos soportado el robo y el saqueo de algunos de sus barones, el despilfarro de otros, le hemos dado el poder municipal, y el autonómico, y una mayoría holgada en las cortes. Todo a fin de que tenga las manos lo suficientemente libres como para ejecutar lo que se precise a fin de salvar de la miseria a millones de españoles. ¿Qué hemos de hacer para escuchar de él una palabra? ¿Qué necesita para limpiar el país y poner coto a tanta inmoralidad? ¿Que más hemos de darle para que oigamos de él una esperanza?

Medio país deposito en su partido confianza, en una campaña en la que lo único que dio a sus votantes fue el compromiso de que diría la verdad, por más que eso fue lo único que dijo, en una campaña basada en la fe, a falta de ideas y compromisos.

Ahora, cuando buena parte del país le recrimina con su voto sus medidas y su actitud lo único que tenemos es silencio. Un gobierno eficaz es el que esta preparado para dar hechos, y también palabras. El esfuerzo que se nos exige como país, especialmente a toda una generación de jóvenes con el futuro hipotecado, requiere un estímulo, no de palabras huecas, pero si de planes e ideas que nos enardezcan y nos den la seguridad de que nos sacrificamos por algo, y todos, que de la impunidad de los golfos ya estamos hartos.

No se puede exigir a casi todos sacrificios, dejando a unos pocos libres de esfuerzo y a otros pocos libres de todo castigo, y sin dar una explicación.

¿Por qué no se nos explica cual es la razón de que no se pidan responsabilidades a los ministros, funcionarios, consejeros, secretaros y presidentes autonómicos que nos han llevado a este despilfarro? ¿Por qué el gobierno no nos explica la razón de que el ministerio de justicia y el secretario del Partido Popular no actúen contra sus cargos electos y orgánicos involucrados en delitos e inmoralidades? ¿Por qué?

Alguien debería explicarles a los gobernantes que hacer es imprescindible, aunque de momento se haya hecho poco, impartir justicia es necesario, pero comunicarse es esencial en los humanos. Alguien debería decirle al gobierno que esta es una sociedad democrática, no un país de chochos y de necios que no merecen saber que se va a hacer con su futuro, porque este es nuestro.

Si dicen que la esperanza es lo último que se pierde, imaginaros todo lo que ya hemos perdido.

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