Una mirada a la calle

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Son aproximadamente las 8:30 de la mañana de un lunes aparentemente despejado, helador y duro para muchos. He venido acompañada de mi familia, a conocer un poco más las calles de Madrid, con plano en mano y calzado cómodo, descubrimos museos, paisajes, mercados y callejuelas diversas. Pero esa historia ha de ser contada en otro momento. Lo que traigo, hoy aquí, trata de un tema muy cercano de la calle, del día a día, en todas las ciudades… Hora punta. Esperamos el metro con impaciencia, nadie se da cuenta de lo que está ocurriendo allí. Empresarios trajeados leen el periódico con suma rapidez, toman café y conversan por teléfono ultimando detalles. Percibo música de fondo, agudizo el oído y si mi percepción no falla, es un violín. Una sintonía de notas que endulzan aquel ambiente en el que la indiferencia y el estrés son los protagonistas. No puedo juzgar si los acordes de la melodía son los correctos o no pero puedo sentirla, puedo detectar un breve pero intenso escalofrío que recorre mi cuerpo. Ni una sola persona de las que estaba allí, dejó a un lado lo que en aquel momento estaba haciendo para contemplar aquel violinista menudo, cuyo presente era patente pero cuyo pasado era desconocido. Un pasado, quizá, repleto de aventuras, de éxitos o simplemente con un pasado feliz.

No sería el mismo caso, pero me recordó un curioso experimento que llevó a cabo el periódico The Washington Post hace unos años. Le propusieron a Joshua Bell —un artista de renombre que llena operas y teatros— tocar a las puertas del metro de Washington, seis de sus fascinantes e increíbles piezas de Bach. Así lo hizo, enfundado en unos vaqueros rotos, ocultando su rostro con una visera y con un violín a cuestas valorado en 3 millones de euros. Cuarenta y cinco minutos estuvo tocando y sólo obtuvo unas cuantas limosnas, que podían contarse con los dedos de las manos. El ambiente olía a polvo y pasividad.

El caso de Joshua Bell, es una clara señal de la falsedad e hipocresía de todos nosotros (incluyéndome a mí, por supuesto). Esta historia bien podría haber sido real porque muchos de los mendigos tienen un pasado lleno de alegrías, de desengaños, de días navideños junto a la familia, de escapadas románticas o de tardes en el parque mirando embelesado a sus hijos. Una vida plena con todos los ingredientes para poder ser feliz. Personas como Tedd William que por culpa del alcohol y las drogas acabó en la calle.

En su día, había trabajado como locutor de radio. Viviendo en la calle fue descubierto por un reportero. Tedd le estaba contestando a unas preguntas sobre el día a día de los mendigos. El reportero al detectar la impresionante voz de Tedd grabó su talento en video y lo colgó en Internet recibiendo numerosas visitas. Gracias a una mano amiga y generosa ha podido retomar su vida como locutor en un canal de la TV americana. En tal situación se encuentran otros muchos “sin techos”, a causa de una ruptura encadenada, brusca y traumática de sus lazos familiares, sociales y laborales. O simplemente personas que lo tenían todo y no supieron usarlo. No es ni el primer caso ni el último de personas que cuando ya lo habían perdido todo, cuando ya no les quedaba nada, sino exhalar el último aliento, han salido a flote y han conseguido remolcar ese barco que se daba por hundido. Su vida es una carrera continua, en la que el objetivo es sobrevivir.

Acompañados del esfuerzo, junto con la caridad de las personas y teniendo una pizca de suerte, estas personas luchan día a día por sobrevivir.

De esta forma se encuentran en España, entre 20.000 y 30.000 mendigos que, para algunos, estorban, molestan y estropean la acera de enfrente de su piso dúplex con vistas a la ciudad y con una enorme terraza donde tomar el sol en verano. Y así están todos —o casi todos—, deambulando, haciendo su ruta diaria, encontrando nuevos sitios en los que probar suerte, buscando en vertederos y encontrando esperanzas que algún padre o madre hayan tirado a la basura porque a su hijo no le gustaba.

Esperanzas como la comida, la ropa —sea fea o pasada de moda—, que les da calor y fuerza. Y, tal vez, un día o una semana más en este mundo en el que reinan el egoísmo y la indiferencia. La calle es su casa, los vertederos sus aliados, el día a día una lucha y nosotros, nosotros lo somos todo para ellos. Somos su esperanza, su ayuda, su “ojalá hoy, por fin, se den cuenta de que existo y me den la oportunidad de poder volver a empezar”. Quizá este pequeño “llamamiento” no haya servido de nada, o quizá haya quitado muchas vendas a ojos confundidos. Eso yo, no lo sé. Pero si con este artículo he conseguido al menos, que la gente se de cuenta de lo egoístas que somos, si con este artículo he conseguido alguna esperanza más, por mínima que sea, para todos ellos, entonces, señores y señoras, esta inocente autora se da por satisfecha.

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