Topacio fresh, un ejemplo cultural

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No todo lo que se ve es cierto, y mucho menos en el mundo del arte, donde el complemento del nombre de la frase dista mucho de estar definido.

Los que, por trabajo, nos vemos obligados a lidiar con el mundo de la creación cada día, debemos esforzarnos a cada instante por discriminar entre los genios, las propuestas valiosas, aunque estén inmaduras, los estrafalarios que buscan lo llamativo, más allá de lo innovador y los que se amparan en el miedo. Porque en el mundo del arte, como en la economía, en la política o en cualquier otra faceta de la vida en sociedad hoy hay mucho miedo. Rechazar una propuesta cultural o pseudocultural, depende de quién sea el afectado, puede provocar muchos problemas. Decir a un artista gay, inmigrante, mujer o transgresor que su propuesta es una mamarrachada es jugártela bajo acusación de agravio, intolerancia, neofascismo o discriminación. Y teniendo en cuenta que juzgar y valorar lo que tan solo (y ya es mucho) busca crear sensaciones es difícil, por subjetivo y contextualizable, hacerlo bajo estas presiones externas hace la tarea aún más compleja.

Si tenemos en cuenta que una gran parte del mercado europeo de arte y cultura en general actúa bajo mandato directo del estado, el tema adquiere aun mayor dificultad, pues los criterios políticos en Europa son predominantes, y los dineros que los mueven, de todos, por lo que no debe, no se debería, malgastar los recursos que tanto escasean en esta sociedad, en frutos arrivistas de quien, intuyendo estos condicionantes, se aprovecha ofertando auténticos fraudes, supuesto arte de vergüenza ajena.

Sudamérica, que es donde trabajo y me muevo más, promueve arte de manera distinta. Papa estado actúa menos, lo que da un punto de racionalidad al asunto, y de vulnerabilidad al artista, también es cierto. Pero una adecuada combinación de iniciativas públicas, mercados privados e iniciativas ciudadanas está creando un ámbito cultural que crece lentamente, pero con solidez. Me temo que, en Europa, separar la paja del grano es muy complejo, por lo que antes os explicaba.

No sé en que caso de los anteriores ubicarla, pero una de las/os artistas que más me han maravillado en estos últimos años, y que más ejemplifica este confuso mundo de la cultura contemporánea es la argentina Topacio. Digamos que una “mujer” inquieta y creativa, a la que la sociedad de su Rosario natal no entendió mucho, y aplaudió menos. Su tendencia al llamado “perfomance innovador”, en el campo plástico y al “Regaeton travesti” en el musical, no tuvo el eco apropiado a sus deseos. Pero para eso está Europa, el continente donde todo vale, aunque solo sea por no molestar ni herir susceptibilidades.

El centro cultural de Rosario mostró a varios artistas como ella, la posibilidad de hacer carrera en la madre patria vía beca estatal. La ayuda la llegó de la mano de Universidad Laboral de Gijón, que buscaba en aquel momento ideas, en el campo del video creativo, para su nueva oferta cultural, base del actual centro de nuevas tecnologías. Porque claro, una ciudad que se precie debe tener un gran centro expositor. El arquitecto que te lo construya es fácil encontrarlo, pero el contenido es otro cantar, y como no hay gestores entendidos, ni políticos que los respeten, se sacan artistas de donde sea, incluido la nada.

Mantengo mis dudas sobre el contenido cultural de las ideas de Topacio, y más aun de la calidad artística de sus proyectos, pero no tengo ninguna duda de su calidez humana y doy fe de su encanto personal. Así que Topacio llegó a Gijón y poco ofreció, pero pronto encontró contactos en el mundillo del arte subvencionado español. La primera en quedar prendada de su ingenio fue Carmen Cantón, una artista, a la sazón directora del centro de arte móvil Arte Ego, la cual la fue abriendo puertas, entre ellas la del “prestigiado” Rafael Doctor, entonces director del Museo de arte Moderno de Castilla y León (MUSAC), antes de que le abandonara por su fallida experiencia en la Fundación Santander 2016.

Doctor, impactado por la personalidad de Topacio se las apañó para que la artista siguiera en el circuito de arte público, vía becas. Así surgiría una de las más atrevidas / desconcertantes / estrafalarias propuestas del MUSAC, un proyecto bautizado con el nombre de Fresh Balloons. La idea convirtió a Topacio no solo en artista, si no en curadora de videoarte (¿?). El proyecto consistía en crear un “programa de televisión”, que en realidad era un instrumento al servicio de la artista, en el que Topacio Fresh impulsaba un magazine de veinte minutos, estructurado en seis partes, con comentarios, flashes de la vida de la artista y un recorrido visual por el museo, sus colecciones permanentes y las ocasionales. Todo de la mano de una Topacio convertida/o en azafata de congresos.

Es de reconocer que el programa tenía su gracia, con momentos muy logrados, como aquel en el que Topacio accede a una sala de prensa rebosante de fotógrafos y periodistas donde la artista responde a las inquietudes de estos, con un despliegue soberbio de expresividad, inteligencia y sentido del humor. Pero, dado que el video se resolvía en gran medida con ideas tan poco creativas como saludar al público, acoger al visitante en la puerta o mostrar las tomas falsas y los créditos de la pieza, su coste y su calidad artística son más que discutibles.

Y esta duda que se me plantea le debió rondar a algún administrativo del arte, de forma que la carrera pública de Topacio Fresh concluyó, pero el camino estaba sembrado. Un destacado manager musical de la movida, Mario Vaquerizo, se fijó en ella, contratándola, junto al también argentino Andy La´Moore, como pareja de bailarinas de Fangoria. No hay duda de que de musa de Rafa Doctor a gogo de Alaska hay un trecho, pero a Topacio no se la caen los anillos con ta vivir de esto.

La experiencia y las giras serviría a ambas (Topacio y Andy) para dar el salto a la independencia en el mundo de la “música”, creando uno de los engendros más tiernos de la movida madrileña, el duo “Leopardo no viaja”, cuna del nuevo estilo Reggaeton Travesti Latino, e inspiración de Chueca. Un grupo y un estilo que manejaba como nadie, el victimismo sexual, el ritmo sexual y la insinuación sexual. Su espectáculo era divertido y diferente, no cabe duda, pero su calidad no merecía la producción de Vaquerizo, Dirk Diggler y Mad Beatz, bajo el paraguas de Warner music. Pero igual que a otros grupos se les niega el pan y la sal, su carácter “diferente” les abrió algunas puertas, hasta que el sonido chirriante, vacío y repetitivo de temas new hip-hop como “El Gato Paco” , el reggaeton “El Butanero”, o la festiva (en plan paquito chocolatero) “Sorpresa, Sorpresa”, empezaron a dar el cante, porque aquello carecía de todo, aunque pocos se atrevían a parecer poco trending criticándolo.

Entre aquellas oleadas de arte kitsch y despilfarro dinerario, Topacio tuvo, sin embargo, la suerte de conocer a un chico llamado Israel y casarse con él. El muchacho tuvo el acierto de explicarla que, entre ser un icono gay, de la mano de Vaquerizo y entrar en la nómina del arte, de la mano de Rafa Doctor, la elección era sencilla. Topacio fue poniendo tierra de por medio con el mundo del starlet y probó de nuevo en puertas como la de Marga Sánchez de Distrito 4 o Isabel Yanguas. De su mano y de las del productor Tolo Cañellas, Topacio inició la aventura de montar en Barcelona La Fresh Gallery. Un centro, bastante en la línea Fangoria, que ha pretendido, y pretende, alejarse de la típica galería que vive del packaging de muestras, circuitos y galerías mayores, para bucear en el mundo de los creadores independientes, de esos que habitan el submundo artístico (dicho sea, sin menosprecio, si no como algo alternativo) de talleres, colectivos independientes, universidades y fetiche culturales, aunque ya no sean modernidad, caso de Fabio MacNamara, otro icono del universo Fangoria.

En ala inauguración de una muestra de Fabio Macnamara en la Fresh Gallery

El problema, a mi entender, es que la galería ha entrado en un círculo vicioso algo alejado del ideal de descubrimiento de nuevas ideas, programando una y otra vez, a artistas pertenecientes a ese mundo cultural, caso de Aitor Saraiba, Iglesias Mas, Gorka Postigo o Alberto de las Heras.

Y aquí viene, a mi entender, el tercer vicio cultural europeo que Topacio ejemplifica. ¿Quiénes son los clientes habituales de esta galería? Neófitos atraídos por el nombre de quienes están detrás, más que por lo que cuelga de sus paredes, celebridades, famosillos, gente del círculo, amigos de Fangoria… Hasta los textos que acompañan a los catálogos (una buena idea) son fruto de la pluma de celebridades de esa élite cultura (Vaquerizo, Pedro Almodóvar, Alaska..). Hasta la obra que promueve parece cortada por el patrón de sus clientes. Hasta el dibujo ha sido el eje de su muestrario, bajo el peregrino argumento de que es más fácil colgarlo en cualquier pared y por tanto más idóneo para coleccionistas no iniciados. Coleccionistas a los que es fácil ver en la galería departiendo con los expositores. Un encuentro entre autor y público muy loable, salvo que aquí el autor es empleado como medio de fascinación para endilgar el cuadro.

En todo caso, Topacio es un buen ejemplo de un artista al que la madurez le aleja de los arrebatos de juventud y le insufla una cierta coherencia y rigor, sin los cuales aparecer en ferias como JustMadrid, ArteBA, MACO o Basel Miami, que es a donde se lanza o pretende lanzar ahora, no sería posible. Pero, por otro lado, su recorrido cultural poco tiene que ver con la frase de Louise Bourgeois que ellos pregonan, “El arte es una garantía de sanidad”. Arte de subvención, endogamia, estrafalarismo frente a estética, sensación y conceptualismo, y tendencia al cliché. ¿Dónde está la sanidad? ¿Dónde la cultura?

Imágenes CurroCanete

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