Temakel: la pasión del teatro

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Un grupo de jóvenes, un profesor apasionado, un guion cálido y muchas ganas de teatro.

No recuerdo exactamente el día ni la hora en que nos reunimos por primera vez, tampoco recuerdo quienes estuvimos ni de lo que hablamos, lo único que recuerdo es que fue un gran día en el que de la nada sacamos un todo.

Era probablemente una mañana nublada y lluviosa, llegamos al colegio con los zapatos empapados y las cazadoras llenas de frío, pero con la cabeza centrada en un solo tema que nos unía a los cinco, el teatro.

Nos sentamos, nos miramos y llegó nuestro profesor de filosofía, un tipo bastante alto y curioso, difícil de olvidar, se abrió un silencio profundo y constante, nadie sabía qué decir, pero con nuestra mirada lo decíamos todo. El profesor, Goyo, cogió una silla y se sentó junto a nosotros y nos presentó una propuesta, una propuesta un tanto atrevida pero que a todos nos llamó.

Nos dijo algo parecido a que tenía un sueño, por lo menos así lo entendí yo. No le podía dejar de mirar mientras que hablaba porque todo lo que salía por su boca me parecía especial, entonces fue cuando escuché: “¿Qué os parece tres sombreros de copa?”, sus ojos se llenaron de emoción y todos asentimos con la cabeza de manera monótona, ya que ninguno conocíamos esa obra. Estuvimos hablando un rato más y nos despedimos hasta el día siguiente.

Fui hacia mi casa pensando dónde me había metido, gente que no conocía, un profesor que no me caía del todo bien y madrugar. Pero bueno, todo sea por el teatro.

Al día siguiente, sobre las 10 de la mañana, entré al teatro y me encontré un mínimo de 15 personas encima del escenario, me abrieron hueco y me senté y fue cuando comenzaron las presentaciones porque solo nos conocíamos de los oscuros y largos pasillos del colegio. Todos me parecieron gente agradable y divertida, sin nada que ocultar y ese fue el día en el que empezó todo.

Empezamos a calentar nuestra voz y nuestra máquina, el cuerpo, hicimos algún ejercicio de movimiento y de técnica narrativa. Acabamos la jornada cansados y sorprendidos, Goyo nos fijó un horario, todos los sábados a las 10:30 de la mañana.

El sábado siguiente ya nos comentó de qué trataba la obra y nos reímos un rato, porque era bastante cómica y comenzamos a fijar personajes. Se empezaron a repartir primero los papeles secundarios y después los principales, me sorprendió bastante porque el profesor me dijo que yo iba a ser Dionisio y a mí no me pareció mal, ni bien, porque tampoco sabía quién era. Cuando acabamos la reunión el profesor empezó a apuntar quien era cada uno en una pancarta mientras que nosotros nos reíamos delo mal que habíamos hecho el examen de inglés del día anterior, y se empezó a levantar la gente y fueron a mirar el cartel. Observé que mi nombre salía en la parte de arriba del cartel, y me sorprendí, le pregunté al profesor que porqué mi nombre salía encima de todos y me dijo “eres el actor principal”.

No supe exactamente cómo reaccionar ni lo que responder, creo que solo asentí y me dijo que confiaba en mí y que lo iba a hacer muy bien. Se repartieron los guiones y nos fuimos cada uno a su casa.

Ese mismo día en mí casa pensaba cosas como “¿Por qué soy yo el principal, si hay gente más veterana que yo?”, comencé a mirarme el guion y vi que mi personaje hablaba en todas las páginas del mismo y no pensé que podría aprenderme todo eso estando en segundo de bachiller y con todas las cosas que tenía que hacer, pero no podía fallar a mi grupo ni al teatro y empecé a estudiarlo.

Me pareció un personaje ridículo, aunque bastante relevante y atontado, me pareció que se parecía bastante a mí así que me empezó a gustar el personaje.

Alos dos meses nos volvimos a reunir y a preparar la obra, cada uno con su personaje en mente y con su guion en mano. El primer día nada salió bien, nos trabábamos, no respetábamos espacios y no proyectábamos la voz hacia el público, pero nadie perdió la esperanza.

Cuando acabamos el ensayo el profesor nos dijo que nos habían seleccionado para un viaje de grupos de teatro en Galicia, organizado por La Caixa, y se empezaron a oír gritos de emoción y felicidad, yo no tuve una clara reacción porque no teníamos nada preparado y ya nos metíamos en una cosa seria. Las siguientes semanas seguimos quedando y ensayando y mejoramos mucho en poco tiempo, con el objetivo de llegar a Galicia a perfeccionar nuestra obra con los profesionales que allí había. El tiempo se pasó volando y cuando menos lo esperábamos ya estábamos montados en un bus con nuestras maletas llenas de disfraces y sombreros de copa. Un viaje largo y movido, vómitos y nauseas por los nervios del estreno, pero todos queríamos llegar ya.

Nos bajamos en un hotel, deshicimos nuestras maletas y llegamos a la escuela de teatro de Vigo. Allí nos separaron por grupos con gente de toda España, gente maja y diferente unidos otra vez por una misma pasión, el teatro.

Al día siguiente ya nos presentaron a José Pedro, un actor profesional que nos perfeccionó nuestros personajes y la obra en general movió armarios, cambió voces y peinados, en general, nos enseñó todo acerca de todo.

El último día del viaje presentamos a todos un fragmento de nuestra obra salió bien y nos aplaudieron bastante, pero todos sabíamos que lo podríamos haber hecho mejor. Nos despedimos todos entre lágrimas y abrazos, nadie se quería ir, pero en una semana estrenábamos nuestra obra y no había tiempo que perder.

Esa misma semana que nos quedaba para estrenar, quedamos todos los días para ensayar, la gente se empezó a aprender el guion, a mover sin prejuicios por el escenario y a tratarse de amigos. El jueves de esa semana, era el último día para ensayar, el día siguiente presentábamos la obra a todo el colegio y a nuestros familiares y se reanudaron los nervios.

Viernes, nueve de la mañana, nos reunimos en ese frío teatro y todos sabíamos que era el gran día y que nada podía fallar. Empezó el último ensayo de la obra, el último ensayo de teatro con ese grupo para muchos de nosotros y todo salió a la perfección, personalmente terminé con la garganta seca y bastante fatigado.

Eran las seis y media de la tarde y la gente empezó a llegar al teatro según lo que decían mis compañeros, yo estaba sentado en una vieja silla de un pequeño baño repasando el guion para acordarme de todo. Las siete en punto, todo estaba a punta de empezar, Goyo presentó la obra y supe que tenía que salir a escena, miré al público y supe que lo hiciéramos bien o mal nos iban a aplaudir, porque todos estaban reunidos allí por una misma causa, el teatro.

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