Pedro Cavadas

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Os parecerá una tontería, pero no pude evitar emocionarme mientras veía hace unos días al doctor Pedro Cavadas en televisión. Mi hijo estaba perplejo viéndome admirar con ojos vidriosos las palabras de ese hombre. Os pongo un poco en situación. Cavadas, valenciano, de 42 años, es uno de los mejores traumatólogos del mundo, uno de los más relevantes médicos, especializado en cirugía reconstructiva. Su habilidad es pareja a su capacidad de innovación y a su ingenio, y rara es la semana que una de sus hazañas no ocupa las páginas de un medio de comunicación.

A comienzos del 2005, llegó a España el singular caso de dos adolescentes africanos a los que una banda de estafadores había provocado una faloplastia, tras cortar sus penes a machetazos para cocerlos y vender luego el caldo, como supuesta pócima curadora del SIDA. Como os lo cuento. Cavadas operó a ambos jóvenes, les reconstruyó el pene, reparó sus rostros también mutilados y consiguió devolverle a una vida enteramente normal, sobre todo, dijo él, porque en una sociedad tradicional como la africana, eso habría marcado sus vidas reduciéndoles a una posición inferior a la de un animal, la de eunuco.

Un año antes ya se había hecho famoso cuando consiguió mantener con vida el brazo de Israel Sarrio, amputado en un accidente de tráfico. Reimplantado el brazo, pronto se descubrió la inviabilidad de la operación, debido a una gravísima infección en el muñón. Antes que perder el miembro, Cavadas puso en práctica una ingeniosa solución, unió el brazo, tras seccionarle otra vez, a las arterias de la ingle, para mantenerle vivo. Mientras, y durante 9 difíciles días, curo la infección, tras lo que volvió a colocar el brazo en su sitio, con total éxito. Hoy es el hombre que defiende el que en poco tiempo la reimplantación de antebrazos será rutinaria, el que lucha cada día para que un accidente sea un intermedio en la vida de una persona, no el final. El que vence convencionalismos y reticencias de sus propias colegas, como cuando en junio de este año, debió convencer a media profesión para que aceptara un auto trasplante de mano en un paciente navarro de 63 años. Ismael había perdido su mano izquierda 40 años antes, ahora deseaba recuperarla, mediante un injerto del miembro sano de algún fallecido. El porqué de ese súbito deseo se encontraba en que, en medio, Ismael había sufrido un infarto cerebral con resultado de hemiplejia derecha. En realidad, había perdido ambas manos. Cavadas propuso una medida revolucionaria. Puesto que su mano derecha estaba inutilizada por la hemiplejia, le propuso un intercambio de extremidades, desplazando su mano al muñón izquierdo. Amputo la mano sana, la reimplanto en el lado contrario, extrajo el pulgar y lo situó al lado del meñique de forma que la mano derecha simula la izquierda, desvió el tendón del pulgar a su nueva posición al lado del meñique, reinvirtió el orden de los nervios, de forma que sean las mismas conexiones nerviosas las que los muevan a pesar del cambio de mano.

Con ello se evitó los problemas de rechazo y las secuelas de la medicación inmunodepresora. Cavadas realizo con éxito la transferencia, modificó la colocación del pulgar, devolvió la capacidad de manejo a Ismael, y derribo un tabú.

Pero no es eso lo que me encanta de este médico tan especial. Su fama le ha traído influencia y dinero. Es relativamente popular, tiene muchas puertas abiertas, y mucha pasta, pero mucha. ¿Qué ha hecho con ella?. Desde luego no derrocharla, ni dedicarse a las tonterías que la mayoría hace, aun sin tener ni su dinero, ni su ciencia, ni su humanidad. Sencillo e inmenso como es, soporta estoico la inversión de valores en un mundo en el que, como sucedió a fines de noviembre, la entrega de los galardones “Protagonistas 2007”, a manos de Luís del Olmo en Ponferrada, sirve para que la masa aplauda a rabiar a Belén Rueda o Raúl Tamudo, mientras se pregunta con desdén ¿Quién es ese?, cuando Cavadas es nombrado para recoger su premio. Nos faltara pedagogía, dirán algunos. No, nos falta vergüenza.

En 2004, en plena apoteosis de su ciencia, Cavadas renunció al glamour y creo una fundación de su bolsillo, la Fundación Pedro Cavadas, y con ella organizó una misión quirúrgica humanitaria y gratuita en la población de Nakuru, en Kenia. Como era una ONG en miniatura, como él dice, tiró de amistades e influencias para…. Conseguir donativos, y mientras, sufragó los gastos de su bolsillo. Gracias a la solidaridad de este equipo y al programa desarrollado en el Rift Valley Provincial General Hospital, ubicado en Nakuru, y al trabajo del doctor Peter O´Duor, organizador de esta misión y encargado de reunir durante meses a los pacientes que aguardaban la llegada del equipo español, la expedición de Cavadas desarrolla más de 100 operaciones en cada viaje a África. Sanas quemaduras, malformaciones, sobre todo en las manos y en los genitales, tumores y secuelas de traumatismos. Sana, y devuelve la dignidad. Cada viaje a África sirve para dar esperanza y una nueva vida a sus pacientes. ¿Se sentirá satisfecho? Pues no, cree haber visto solo un poco de realidad tras una esquina, sabe que ha encontrado su alma, en aquel árido vergel, repleto de humanidad y rebosante de Dios. Cada paso que da, su otra pierna hormiguea exigiendo correr. Ahora quiere más dinero, y más tiempo para ir a África, y más medios, y más pacientes, y más médicos formados para afrontar situaciones humanas y técnicas impensables en Europa. Quiere dar vida y recuperar el tiempo perdido. El suyo, mermado en medio de un mundo rico que le había hecho ver el Valhala en los coches de lujo que coleccionaba y los agasajos de los medios de comunicación que ensalzan por igual a sabios, toreros, prostitutas de linaje y marmotas de lomce, siempre que su zafia miseria rellene share. Porque Pedro, y eso me emocionó al oírle, ha descubierto la ilusión de vivir y la felicidad en África, bajo ese sol que ilumina los rostros de quienes nosotros hemos condenado al infierno, con nuestra apetencia ilimitada de riquezas, y nuestra avaricia aldeana. Y eso me emocionó, ver a alguien ser feliz por demostrarse humano, porque hacía tiempo que no lo veía. Ver a alguien ser sensato, porque pensé que ya no existía.

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