Pedaleando entre las nubes

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No es que hubiese sido nunca un hombre, a mi parecer, amable, más bien Herminio era uno de esos tipos que, a fuerza de aparentarse rudo y sincero, resultaba odioso e intratable. Pero de un tiempo a esta parte he de reconocer que le había encontrado un punto de interés.

Tengo grabada su imagen, embutido en uno de esos coloristas maillots de hombre anuncio, esos que emplean los amantes del ciclismo para, a la vez que pedalean, hacerle el marketing a cualquier fábrica de chorizo o telefonía. Parece que le veo sobre aquellas absurdas zapatillas de tacos, que más que sujetarle al calapié le amenazaban a cada instante con dar con sus huesos en el suelo. Me parece oírle rutar por la escalera, con la bicicleta al hombro, maldiciendo al imbécil que había instalado un ascensor tan chico, que le obligaba a subir el Turmalet a cada escalón de aquella torre. Jubilado de Nueva Montaña, cuarenta años conduciendo camiones le habían convertido los glóbulos en vinagre. Pero los últimos quince, los de profesional jubilado, le habían convertido en un solitario amargado.

Y sin embargo, cada último jueves de mes, a las ocho, puntual como la lotería, acudía a los Jardines de Pereda, esbozaba media sonrisa a sus colegas y hacía de Santander su casa, y de su rutinaria vida una ilusión amable. Herminio se había topado hace unos meses con Masa Crítica Santander, un colectivo ciudadano que se organiza por todo el mundo desde 1992, con la intención de reivindicar el uso urbano de los vehículos de tracción humana, de construir mediante ellos una forma más amable de convivencia urbana y de, de ahí el nombre, defender que cualquier revolución, cualquier cambio, el de las bicicletas u otro, si es posible si se involucra un número tal de individuos (una masa crítica) que le confieren una dinámica de crecimiento autónoma y una existencia irrefrenable. Al principio reconozco que no lo entendí.

 Ni a ellos, ni a él. Pero hace unas semanas tuve la oportunidad de ver “Return of the Scorcher”, un documental del director y ciclista Ted White. Y lo comprendí. Y Herminio lo hizo antes que yo. Estos movimientos de masas que navegan a contracorriente son complejos y difíciles. El sueño de George Bliss, de una sociedad que cambia ante el empuje de una masa de ciudadanos que, protegidos unos con otros, hacen frente al fatalismo y a la manipulación de intereses y poderes rara vez triunfan. En ocasiones lo hacen, como el movimiento ciudadano islandés que en plena crisis se negó a rescatar a los bancos, y otras muchas languidecen, como le ocurre a nuestro 15M. Quizá “Masa Crítica” persiste porque se le hace poco caso, porque mantiene un vergonzante anonimato, y eso le permite crecer lentamente, sólidamente, sin temor a que la prensa y la política les degluta.

Pero a veces somos nosotros mismos, sin necesidad de echarle la culpa a ningún poder fáctico, los que fagocitamos todo aquello nuevo que es capaz de salvarnos, aunque para ello debamos sacudirnos nuestra modorra conformista, y la comodidad de nuestras rutinas. Alguna vez he visto en Santander personas normales, de esos que se quejan de contaminación y ruido protestando porque cincuenta vecinos se reúnen un jueves al mes en los jardines de Pereda, con su bici, para recorrer la ciudad y hacer conciencia. Y eso porque las bicicletas ocupan sitio. En realidad, si, aunque un poco menos que el aire lleno de mierda, por más que esta sea invisible a simple vista. Como también he visto, avergonzada, la bronca de una anciana a un joven universitario que ataba su bici a un árbol, algo legalmente permitido si no se maltrata al árbol, porque a su entender eso era una falta de educación.

Hace seis días Herminio, en su paseo matinal, chocó con un peatón, que caminaba despreocupado, ajeno a cuál es su sitio, en mitad de un carril bici de la ciudad. Y se rompió la cadera. Una circunstancia fatal cuando tienes setenta y seis años. Ayer murió en Valdecilla. Una vena rota, un órgano cansado, o tan solo la rendición ante la vida, quien sabe.

Nos faltan muchas infraestructuras, en forma de carriles bici o zonas de aparcamiento, por ejemplo. Pero nos falta conciencia y un poco de educación, y un bastante de sentido común. De nada sirve que el ayuntamiento subvencione las bicicletas y construya carriles especiales, si los peatones no los respetan o los ciclistas no usan las vías urbanas con atención a los demás. Pero por encima de ello, de nada sirve el esfuerzo de unos pocos que hacen de catalizadores de cualquier cambio, sin el apoyo y la implicación de algunos muchos, de esa masa crítica que es capaz de cambiar las cosas, y poner coto a los desmanes y abusos.

Un beso Herminio, toca el timbre entre las nubes.

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