Nosotros, los que no valemos nada

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No siempre lo que decimos es fiel reflejo de lo que sentimos. Sin embargo, a veces, una opinión vasta e insalubre esconde todavía algo peor. En el caso que esta semana nos ocupa, el de los temerarios jueces del Tribunal Constitucional, un caso, posiblemente, lo que dice no sea peor de lo que piensa y esconde.

El TC es el vivo ejemplo de la cúspide institucional que gobierna nuestro país. Una élite dispuesta a aprovechar las circunstancias políticas y económicas (en este caso la reforma laboral de Rajoy) para sentar las bases de un sistema de trabajo que sería repudiado en Bangla Desh por abusivo.

La polémica expresión del TC que tanto revuelo ha causado es simple. Un trabajador puede ser despedido de su puesto de trabajo si falta al trabajo el 20% de las jornadas hábiles en dos meses seguidos, aunque este enfermo o la falta esté justificada (salvo en unos pocos supuestos). La sentencia se une a otras perlas, como aquella de la Presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, aquella que dijo que el salario mínimo no debe ser igual para todos los trabajadores, si no que debe ser proporcional a la valía del trabajador, teniendo en cuenta que algunos no valen para nada. Apliquemos esa idea no solo al salario mínimo, si no a todas las condiciones del trabajador, a todas las leyes, a todas las sentencias. El resultado es evidente

Más allá de la sentencia todo revela una filosofía de vida y un planteamiento social aterrador, máxime cuando la ley de dependencia, las ayudas a jóvenes de familias humildes, la gratuidad de las medicinas en enfermos crónicos, los programas de vivienda social o las medidas contra la exclusión social de ciertos colectivos han sufrido severas reducciones con Mariano y escasas rectificaciones con Pedro. Y en todos los casos por igual motivo. Las actividades del estado deben ser económicamente sostenibles y la racionalización del gasto es un dogma. Una forma sencilla de decir lo mismo que Oriol, no podemos gastar dinero en lo que no vale la pena. Aquellos que no contribuyan a la producción deben quedar a su suerte. La solidaridad social es un lujo que debe quedar al albur del ciclo económico. No Goering se atrevió a llegar tan lejos.

Y todo esto (la reforma laboral y quien sabe si la sentencia) impulsado por grupos políticos y empresariales que casi tienen más miembros en la cárcel que en libertad, todo un ejemplo.

Pero la sentencia del TC no hay que verla como una anécdota, como una excepción de desatino y falta de ética. Su perversión no se reduce a una idea aislada. En España la tesis que se abre paso es la misma que denunciaba Chaplin en “Tiempos Modernos”, la del hombre y mujer objeto y sin valor. Una tesis que se abre paso gracias a dos factores, la permisividad y colaboración del poder político y la baja calidad humana de algunos empresarios.

No cabe duda que el gobierno y las patronales están poblados de personas de gran altura intelectual y académica. Pero grises, poco comunicativos y habilidosos en el juego de sombras, a la par que imperceptibles a plena luz. No es que el ser mediático, hablar bien y esconder los verdaderos sentimientos deba convertirse en una exigencia para aquellos que asumen responsabilidades de liderazgo, porque eso nos llevaría a otros tiempos, no se si perores, aquellos en los que contábamos con gobernantes que transmiten una gran imagen, que encandilan a las masas, de abundante verborrea y poso intelectual y moral más bien magro. No, no es eso, pero suele ser demasiado frecuente que la falta de personalidad mediática y capacidad para no decir tonterías vaya a asociada a la falta de liderazgo, capacidad para defender públicamente ideas, convencer, tener sensibilidad, ética y capacidad para consensuar y dialogar. Dialogar, una palabra ya desterrada en España.

No se si será el caso, pero lo cierto es que en, en su día, en la negociación para la reforma de las pensiones y también en la reforma laboral (y todo lo que no sabemos han incluido) apenas sabemos quien lo decidió, apenas sabemos cual fue la aportación de cada uno, apenas conocemos que piensan los que lo decidieron, como tantas cosas en nuestra vida, salvo la inmoralidad que comentamos. Y ese es otro rasgo de nuestros dirigentes. Nunca sabes por donde te van a venir o, como dicen los abuelos, por donde te van a meter la estocada.

Lo único que sabemos es que desde que esta este gobierno (y antes, desde las famosas reuniones de Zapatero con empresarios), muchos personajes de la CEOE, y ante el silencio complice de los políticos han alabado el modelo económico germano (base del que se quiere imponer aquí) y cuantas medidas ha impulsado en esa dirección los sucesivos medio gobiernos.

Antes del TC las cabezas visibles de la CEOE han incidido en lo timorato de las medidas laborales tomadas en estos años, insistiendo hasta la saciedad en buscar nuevas formas de reducir salarios y prestaciones, vinculando salarios y beneficios sociales a la productividad.

En esto, como en todo, conviene hacer ciertas precisiones antes de dejarnos seducir por las modas, las tendencias, y el último que llega. La vinculación de salarios e IPC y la protección a los trabajadores no es un planteamiento exclusivo de la economía española, que, entre otras razones, lo adoptó en los inicios de la transición (Pactos de la Moncloa), como un medio más para garantizar la paz social, en una sociedad agitada políticamente, y asolada por el terrorismo y una reconversión salvaje impulsada, también por las exigencias de la UE.

Tampoco esta de más recordar que la única forma razonable de calcular la productividad, lo recordaba hace unos días el economista de ESADE Rafael Beitas, es vincular salario a beneficio, de manera que las empresas garanticen una base salarial razonable y vincular sus crecimientos a un porcentaje pactado del beneficio empresarial. Pero eso no ha ocurrido nunca. En las épocas de crecimiento económico, los desorbitados beneficios bancarios y de otras corporaciones no han revertido en el empleo, ni en forma de salarios, ni de formación, ni de asistencia, ni de forma proporcional ni de ninguna otra. La única vinculación de salarios y productividad que conocemos, y esa se practica mucho, es la entrega a los ejecutivos de las grandes empresas de bonos y stock option, que solo han servido para arruinar a algunas empresas, para incentivar a estos a irregularidades contables y de inversión para así cobrar o a situaciones inmorales, como las que han tenido lugar en nuestras cajas y nuestras multinacionales (muchas receptoras de jugosas ayudas estatales).

Solo podemos decir que no caigáis enfermos cuando trabajéis (es un suponer), porque vuestro valor es prescindible. ���

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