Livianos de equipaje

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Existe una devota obligación en la política uruguaya de revestir las despedidas de un aire melancólico. Tal vez el carácter laico del país les ha hecho a sus nacionales abrazar la poesía como el arte más empírico, una especie de religión política que aparece cuando los hechos determinan la importancia del momento. Han llegado a convertir las corrientes políticas que construyeron un país en un recuerdos literarios, musicales o incluso artísticos.

Tal es así que cuando cualquier uruguayo piensa en José Artigas, padre de la Provincia Oriental actualmente Uruguay, te dirán que se les viene a la cabeza la canción de “A don José”, o por otra parte, cuando uno piensa de José Batlle y Ordoñez, impulsor del Estado social y laico en el Uruguay a principios del siglo XX, piensa en la lírica dedicada su figura, en la transversalidad de sus pensamientos que han sido respetados por todos los partidos políticos del país a pesar de que su figura permanece adherida a un partido que durante años fue hegemónico y hoy quedan resquicios de su pasado, el Partido Colorado.

Uruguay es una orilla al sur del sur, un paisito entre dos grandes continentes, con sus hermanos, a veces queridos y otras odiados, argentinos y brasileños. Sin embargo, tiene una idiosincrasia que le distingue de cualquier coincidencia política, social o económica de la zona sur del continente. Como afirmó hace poco, Roberta Lajous, coordinadora ejecutiva de la Presidencia Pro Tempore de la CELAC, parece como si la República Oriental se situase en mitad del Océano Atlántico entre Europa y América Latina.

En marzo de 2015, me adentré en un viaje hacia al país, quería describir de primera mano cómo era el país, llevaba tiempo leyendo noticias y escuchando videos sobre la presidencia de José Mujica. Un correo contactando con Lucía Topolansky, senadora y mujer del expresidente, me abrió las puertas. Durante meses de contacto, de idas y venidas, decidí coger mi mochila e irme al sur del sur, sumergidos en plena campaña de elecciones departamentales (lo que aquí conocemos como Comunidades Autónomas, pero con menos competencias), tuve la oportunidad de ser espectador, pero también participe en los debates programáticos y la preparación de la campaña por todo el país del Frente Amplio, a través del sector Movimiento de Participación Popular, durante los 2 meses que estuve allí.

Bajo su mandato, se habían impulsado medidas sociales que aún dejan poso en el país: la aprobación del matrimonio entre parejas del mismo sexo, la legalización de la marihuana, el impulso del Plan Juntos -financiado con parte del salario presidencial- que permitía el reasentamiento de personas con menos recursos a través de la construcción de casas de protección oficial, el manteamiento del Plan Ceibal (ahora valorado en el mundo por el esfuerzo de la conectividad digital del sistema educativo), o su compromiso como líder mundial, una persona que predicaba fielmente con su forma de ser y de vivir para poner encima de la mesa cuestiones tan básicas como la sobriedad en la política, la erradicación de la pobreza o el valor de la democracia y de la palabra ante fracturas sociales aprendido en parte por su encarcelamiento de 12 años por su pertenencia a la movimiento tupamaro.

Había oído hablar sobre el país oriental, tenía una imagen preconcebida de lo que era, los discursos del expresidente tupamaro me dieron una idea nebulosa de qué me podía encontrar, pero al llegar allí, descubrí una realidad mucho más compleja. Durante las semanas que estuve allí, cada día era un viaje diferente. De los Agite en la campaña para la intendencia de Montevideo, del que el Podemos histórico de 2014 copió su modelo de hacer mítines electorales, a las visitas a las barriadas metropolitanas, muchas de ellas ahora reasentadas; los recorridos al interior del país: las mañanas acompañando la Vuelta Ciclista del país, se pasaban enteras en la carretera, de Montevideo a Mercedes, de Mercedes a Fray Bentos, de Fray Bentos a Colonia del Sacramento, de Colonia a Cardona y Florencio Sánchez, de Florencio Sánchez a San José. En cada ciudad, una realidad distinta. En plena efervescencia descentralizadora donde en ese momento se constituían a la vez las elecciones a municipios, estuve presentes en reuniones gremiales y vecinales debatiendo sobre las mejoras. Una cuestión tan simple como el pavimiento de una carretera suponía una batalla de años y representaba la necesidad de un mayor autogobierno de muchos departamentos.

Vivir la experiencia uruguaya me demostró la vitalidad que existe en la participación interna de los partidos, no solo en las propias instituciones, sino principalmente para la construcción de la democracia política en un país. Este hecho muestra que la política del país, a pesar de las diferencias históricas entre las corrientes liberales y cosmopolitas de Montevideo y las tradiciones del interior, se han construido desde el respeto al republicanismo del país, al valor de las instituciones democráticas, y un sólido aprecio a la dirigencia de sus representantes políticos en torno a los que se construyen el relato de su historia.  Un territorio pequeño revestido sin diferencias geográficas, una penillanura, pero que muestra su pasado sanguíneo de culturas y diferentes nacionalidades, en el interior, construido a base de figuras caudillistas que modularon su orgullo gaucho; en la capital, un fiel reflejo de la lucha histórica entre la modernidad y el pasado; entre el Palacio Salvo, el monstruo folklórico, zarrapastroso, recargado, vivo ejemplo de la nostalgia que asola a esta ciudad y la Torre Antel, que desafía a la mirada de aquellos que siguen atados al Uruguay de los años 50, con una estructura moderna. Podría ser un edificio más de la city londinense pero sin embargo es marca propia de la nueva Montevideo.

Alejados por completo, de los discursos fáciles que predican en el continente algunos gobernantes que parecen más unos predicadores de fe que representantes públicos. En el Uruguay, después de la restauración democrática tras la dictadura cívico militar de Bordaberry, no hay lugar para prácticas que se llaman populistas en sus respectivos escenarios políticos.

Por eso, es importante dignificar y ejemplarizar el abrazo y la despedida entre dos ex presidentes del país, José Mujica y Julio María Sanguinetti. Dos figuras esenciales del Uruguay democrático, el primer presidente tras la restauración de la democracia, y el primer presidente tupamaro del país. Una justicia poética entre dos personas que representan ideologías e historitas totalmente opuestas, otrora enemigos, hoy rivales políticos. Comentan que se encontraron con los suyos a la salida en el Salón de Pasos Perdidos de la sede legislativa, y ante el tumulto de sus compañeros de partido y de sector que se acervaban a hablar con ellos, se despidieron con miradas nostálgicas sobre la imagen que han sabido construir entre sí, la ejemplaridad de lo que un país debe ser siempre: la batalla de ideas y palabras con argumentos y prosa que perfectamente podría estudiarse en las facultades de comunicación de nuestro país.

            Su despedida, especialmente la de Pepe Mujica, ha recorrido medio mundo. Con la lírica y la prosa de los finales uruguayos, Sanguinetti, en su parlamento de despedida, utilizó a Octavio Paz para despedirse y despedir a su compañero de sala: “Esta es una hora de conciliación, esta es una hora de reafirmación democrática, esta es una hora en la cual todos tenemos que sentir, que, habiendo estado tan enfrentados, como pudimos estar un día con Mujica, hoy podemos decir con Octavio Paz que la inteligencia al fin se encarna”. El viejo, recogiendo el guante de su compañero, volvió a sentar doctrina sobre lo que debe ser la política: la edad no perdona y, por tanto, hay que dar paso a las nuevas generaciones, una reflexión sobre sus 26 años como representante público, su agnosticismo a la dependencia de los dispositivos móviles que pierden la frescura de las discusiones políticas, pero una lección de vida: el triunfo en la vida no es ganar, sino levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae.

Y a través de una metáfora final, el Senado uruguayo aplaudió el fin de una era política. En el aire, una frase de Octavio Paz: la reconciliación de dos mitades enemigas, que vuelven a ser fuente, manantiales de fabulas, de árboles, imágenes y de palabras que por fin son flores, que son frutos, que son actos.

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