La mirada íntima Annie Ernaux

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Me enamore de Annie Ernaux con 17 años, de sus palabras y sus espacios en blanco, de cuando ella tenía un año más.

Fue fruto de la insistencia de un viejo profesor de filosofía que quería que descubriera mi yo a través del de ella.

Sus textos rezumaban un aire a pueblo normando y una enfermiza necesidad de contar en primera persona de cuanto sacudía su frágil cuerpo.

En un año recorrí su vida y me quedé con ganas de más. Su día a día en la tienda de ultramarinos de sus padres (Yvetot) , la vida de su madre en el costumbrista Une femme). El progreso social de su familia (La place, La honte), sus crisis adolescentes, tan similares a las mías (Ce qu’ils disent ou rien), su matrimonio (La femme gelée), su aborto (El acontecimiento),​ la enfermedad de Alzheimer de su madre (Je ne suis pas sortie de ma nuit) y su cáncer de mama (L’usage de la photo). Todo un recorrido íntimo por la realidad de la vida, sin retórica ni tiritas. Pasado un año la abandone, quizá zaherida por tanto dolor como se desgranaba en aquellas páginas.

Hoy he leído que Annie, con su cara tallada por el tiempo ha recibido el Premio Nobel de Literatura «por el coraje y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los extrañamientos y las trabas colectivas de la memoria personal». Y he vuelto, gracias a ella, a mis 17.

Fiel a su carácter comprometido, la mujer que escribe para ahuyentar los miedos ajenos, mostrando los suyos ha recibido el premio manifestando que con él asume la responsabilidad de “manifestar una forma de equidad, de justicia, en relación con el mundo”, al tiempo que la academia sueca reconocía en ella “la valentía y la precisión clínica con la que desvela las raíces, los extrañamientos y las trabas colectivas a la memoria personal”.

He leído poco de ella en estos años, pero sigo reconociendo en sus palabras lo mismo que los críticos rendidos ante esta dama normanda, la capacidad extraña en otros autores, de escribir
con un bisturí por pluma, penetrando en sus personajes y en ella misma hasta el hueso, hasta el fondo de la verdad que tan denodadamente persigue, hasta convertir en su obra a las ciencias sociales en una inmensa y minuciosa autobiografía, por más que ella quiera alejarse de su yo, para colarnos, con poco éxito, otros pronombres.

Su vida actual, en un pequeño pueblo a las afueras de París, es fiel reflejo de su tenaz empeño por no mezclar su historia con otras historias. “Sé que parece una contradicción, pero esta urbe sin pasado era el único lugar donde me sentía bien. Las ciudades históricas me recuerdan a una larga tradición de exclusión social. Aquí podía vivir sin sentirme sometida a ese determinismo”, explicaba Ernaux a un periodista de El País.

Pero eso no la calma, Annie no puede esconder su trauma por ser hija de unos tenderos provincianos cuyo esfuerzo la convirtió en una universitaria acomodada. Como si ese discurrir vital fuera una traición a su clase. Un sentimiento que posiblemente la ha llevado a acurrucarse a la sombra política del líder antiliberal Jean-Luc Mélenchon y a teñir sus libros de fábricas, trenes de cercanías, ciudades dormitorio y personajes condenados a existir en un mundo socialmente violento.

Su nobel, del que se venia hablando hace años ha creado en Annie otra de sus múltiples contradicciones, esas que tanto la hieren. El dinero y la fama la parecen una prostitución intelectual, pero rechazar el premio es negarse la posibilidad de ser oída aun con más fuerza.

Para Annie en estas horas chocan los discursos del presidente Macron “Annie Ernaux escribe, desde hace 50 años, la novela de la memoria colectiva e íntima de nuestro país. Su voz es la de la libertad de las mujeres y de los olvidados del siglo. Une con esta consagración el gran círculo del Nobel de nuestra literatura francesa”. Con el retumbar de las voces de sus colegas de librería que la marginaron hasta bien poco, denostando su literatura, “He tenido enemigos de los que me siento orgullosa. Venían de la derecha, pero también de la izquierda caviar. Ahora ya no se atreven, pero durante mucho tiempo me masacraron”, decía en 2019.

Pero ni eso la detuvo, en 2008 publicó “los años”, un retrato coral de la transformación de la sociedad francesa, y se consagró. Lejos del premio su inquietud no se detiene. Este año ha publicado en Francia un relato breve, Le jeune homme, y codirigido con su hijo Les années Super-8, documental montado a partir de los vídeos domésticos de sus vacaciones en los setenta y ochenta que fue presentado en el último festival de Cannes.

Pero no te entregues a sus nuevas creaciones, síguela dando marcha a tras al reloj, hasta la Normandía de su adolescencia, y te encontrarás a ti.

Imagen El País

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