José Antonio Nieves Conde

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Hoy cierran en Santander los cines Groucho. Para muchos solo será un efecto más de la pandemia. Pero un cine no es un comercio más, y un cineasta no es un empresario más. Y no quiero que esto suene como un desprecio. Yo no podría vivir sin el bar de mi calle o sin la mercería de mi barrio. La historia de la muerte silenciosa de los cines Groucho de Santander me ha llevado a descubrir otras muertes silenciosas e injustas de nuestra cultura, y me ha llamado la atención que hace 110 años nació uno de los grandes del cine español del XX. Murió en 2006 con una necrológica en la página 20 de algún periódico, sin más. Hoy quiero contaros la apasionante historia de un hombre poco conocido, José Antonio Nieves Conde, uno de los grandes, de los extraordinarios cineastas españoles del siglo XX, y que este año deberíamos celebrar su nacimiento, aunque su aniversario pasará sin alharacas ni reconocimientos, salvo algún obituario despistado. Ya sabéis, no era Almodóvar. Y sin embargo fue el ejemplo claro de que a la inteligencia pocos obstáculos se oponen.

Periodista de incisiva capacidad y gran dominio del lenguaje, Nieves Conde destacó por su trabajo en el cine, durante los difíciles años de la posguerra española, donde creó obras maestras del realismo social como ‘Surcos’, ‘Angustia’ o ‘Balarrasa’.

Nacido en Segovia el 22 de diciembre de 1911, su consagración se produciría en 1951, al dirigir ‘Surcos’, obra nacida de un excelente guion de Natividad Zaro y Torrente Ballester a partir de un argumento de Eugenio Montes, y que contó con grandes profesionales de la interpretación como Luís Peña y María Asquerino.

‘Surcos’, que increíblemente se pudo estrenar, causó una gran polémica, en los grises años cincuenta españoles, siendo duramente atacada por la jerarquía de la iglesia, que veía en ella claros elementos transgresores, al abordar elementos tabú de la sociedad de la época como la miseria, el estraperlo y el éxodo rural, lo que obligó al autor a remodelar parte de la obra, principalmente el final.

Pero pese a ello, la verdad y la calidad son difíciles de frenar, así que Nieves Conde consiguió el segundo Premio Nacional del Sindicato del Espectáculo y el primer premio del Círculo de Escritores Cinematográficos. Un éxito, sin embargo, que el público, quizás por su crudeza, quizás por la beligerancia de los pulpitos, no supo apreciar.

Nieves Conde había nacido en una numerosa familia de raigambre militar, en la que aprendió desde bien chico a amar el cine. Tras estudiar el bachillerato en su ciudad, inicio la carrera de derecho, que nunca terminaría, al estallar la Guerra Civil. Participo en ella como voluntario falangista, llegando a ser alférez provisional de Infantería. Terminada la contienda volvió a su ciudad, iniciándose en el mundo de la prensa y la radio. Pero para su mente inquieta Segovia pronto resulto escasa. En 1939 llego a Madrid, donde se convertiría en crítico de cine del diario “pueblo” y redactor de la revista “Primer Plano hasta 1942, donde dirigía la exitosa sección ‘Fuera de cuadro’. De la mano de su amigo Rafael Gil, se inició en el cine en 1941, como ayudante de dirección en cinco de las películas del gran Gil, entre ellas ‘Viaje sin destino’ y ‘Tierra sedienta’.

Pero sus ideas eran demasiado limpias, su visión de la vida española demasiado ácida, y su actitud ante el franquismo, demasiado inquietante. En 1942 ello le llevaría a abandonar (o perder) su puesto en ‘Primer Plano’ y ‘Pueblo’.

1946, dirigía su primera película, ‘Senda ignorada’, una historia de gángsters situada en Estados Unidos, a la que siguió ‘Angustia’ (1947), con Rafael Bardem y Julia Caba Alba, también policíaca y declarada de “interés nacional”, y ‘Llegada la noche’ (1948).

Su primera obra maestra llegaría en 1950 al dirigir ‘Balarrasa’, sobre un guion de Vicente Escrivá y con un cuadro de actores de impresión, María Rosa Salgado, Maruchi Fresno, Luís Prendes y José Bódalo. Fue su primer gran éxito comercial, y la crítica tuvo que rendirse a su talento, aunque la clase política le viera cada vez con más miedo. Ese mismo año conseguía otro gran éxito de taquilla: ‘Jack el negro’ (1950).

Tras ese brillante inicio llegarían ‘Rebeldía’ (1952); ‘Los peces rojos’ (1954); ‘La legión del silencio’ (1955), codirigida con Forqué; ‘Entre hoy y la eternidad’ (1956), con Arthur M. Rabenalt; y ‘Todos somos necesarios’ (1956).

En 1958, Nieves Conde soltó un increíble latigazo a las conciencias de la época, con su genial ‘El inquilino’, con un reparto en el que figuraban Manuel Alexandre, Antonio Ozores y Fernando Fernán Gómez. Fue su primer gran choque con la censura que primero la prohibió y más tarde la autorizó con importantes cortes y gran número de cambios. Fue el inicio de su final. De ser el director más premiado del régimen, a ser considerado un director maldito, demasiado crítico, poco dócil.

Su carrera en los sesenta aporto grandes obras, en su línea social y de denuncia, fueron obras de arte, como todas las suyas, pero sin la repercusión de los anteriores. Así llegaron ‘Don Lucio y el hermano Pío’ (1960); ‘Prohibido enamorarse’ (1961); ‘El diablo también llora’ (1963); ‘El sonido de la muerte’ (1965); ‘Cotolay’ (1966); ‘Marta’ (1971); ‘Historia de una traición’ (1972); ‘Las señoritas de mala compañía’ (1973), y algunas de cierto contenido erótico como ‘La revolución matrimonial’ (1975); ‘Volvoreta’ (1976) y ‘Más allá del deseo’ (1976), ya se sabe, hay que comer y pagar las facturas, como un día dijera José Sacristán. Tras el silencio, el final de los 90 intento recuperar su obra y valorar su gran aportación a nuestra historia colectiva. La Seminci de Valladolid dedicó en octubre de 1995 un ciclo monográfico a su trayectoria profesional con la proyección de toda su filmografía y le entregó una Espiga de Oro especial.

Al año siguiente, en octubre de 1996, este mismo certamen castellano incluyó su película ‘Surcos’ en el ciclo ‘Cien años del cine en España’ recibiendo en Zaragoza una de las medallas de oro del Centenario del cine en España, que le concedió la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.

El 1 de marzo de 1990 la Asamblea de Directores y Realizadores Cinematográficos y Audiovisuales de España (ADIRCAE) le concedió un premio especial como homenaje por toda su trayectoria profesional, en la que se destacaba “su intento de introducir el discurso neorrealista” en el cine español. Pero fuera de ahí, el silencio. Qué triste para alguien que mostró el mundo y su miseria, su verdad y nuestras vergüenzas a una sociedad española atontada en mitad del franquismo. Hoy casi nadie sabe quién fue, ni que hizo, nadie recuerda la gesta de un hombre que se enfrentó con una humilde cámara, como muchos intelectuales al franquismo imperante. Y hoy llamamos a cruzada cuando en Estados Unidos un descerebrado llama a insurrección. Mientras los que aquí abren conciencia les olvidamos. Qué pena de país.

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