Fraga, Carrillo y los demás

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@hablineses

Quizá no sea importante la foto. Muchos ni siquiera verán en ella algo especial. El reflejo gráfico de un país envejecido, el reencuentro de dos viejos amigos, el casual asiento de dos visitantes al congreso en una jornada de puertas abiertas, o quizá en medio de un rodaje para una serie televisiva. Dos hombres cansados, sujetos al frío, que en los hombres mayores se atisba en el fino jersey que protege su pecho, tras el decoroso traje al que se niegan a renunciar, un símbolo más de lo que los humanos nos resistimos a la decadencia, inevitable e inexorable, a la que el tiempo nos somete.

Sin embargo, en la foto no hay nada de eso, o un poco de todo, pero eso es lo de menos.

Los dos ya se han ido de la foto, como otro padre de la patria hace unos días, Pérez Llorca.

El de la izquierda, que España ha sido siempre pura ironía. Y ha dejado solo al de la derecha, pero que es de izquierdas, aunque poco le importó que el de la izquierda fuera derecha, y a este tampoco lo contrario. Y tras él se fue el de la derecha, que en eso, también es solo apariencia.

Pero la belleza de la imagen no esta ahí, sino en que ambos eran españoles. Y que supieron en un momento de necesidad olvidar su pasado, y sus rencores y reproches, que eran muchos. Porque todo eso, con la acidez que atesoraban, poco importaba. Un día, el de la izquierda descubrió que el sitio es lo de menos, siempre que pudiera ver la cara al otro, tocar con la mano al otro y echarle unas palabras, aunque fuera para reñir. Y le tomaron gusto a la cosa y se han pasado más de treinta años, ellos y algunos más, soltando bilis en palabras. Que es muy bueno, porque al final coges carrerilla y acabas hablando de paz, de libertades, de consensos y de bienestar, y eso es más importante, al menos para nosotros.

Este año, que ya avisa que nos deja, nos ha visitado en nuestras casas ese espíritu de rendención en forma de una serie de televisión que contaba, en fogonazos, la vida del cardenal Tarancón. Un hombre de la iglesia que amaba tanto a Dios, que se propuso amar a los hombres y contravenir comodidades y voluntades para, junto a hombres como los de la foto, ir haciendo de España un país para vivir, y hacerlo en paz. No pude evitar emocionarme al ver en esa serie la historia de un sacerdote que, como muchos otros de su época, se enfrentaron al poder, cada uno en sus posibilidades y conforme a su espíritu, para conseguir acabar con un ignominioso régimen de tiranía. Y salvo esa serie, poco queda hoy en el recuerdo de aquellos curas obreros y aquellos obispos inquietos, que trajeron a rastras la democracia hacia nuestras casas y nuestras calles.

Y algo parecido puede pasarnos con estos dos abuelos de la foto. Para muchos, los actos de despedida a Fraga y a Carrillo, muertos con poco tiempo entre medios, han sido excesivos, teniendo en cuenta que hablamos de un ex ministro de la dictadura y un comisario comunista represor. Pero juzgar la historia fuera de su contexto no es riguroso.

Cada momento histórico exige una forma de actuar, nos permite unas acciones u otras y modela una personalidad y una madurez que, al final, es el elemento decisivo en los procesos históricos, que no los construyen las ideologías, sino los sentimientos, los intereses y las convicciones y capacidades personales.

El Fraga miembro de la nomenclatura franquista no era el mismo, ni vivía en el mismo instante que el Fraga que permitió el primer congreso de UGT en España, que impulsó el turismo y con él la apertura, que acabó con la censura previa (aunque se mantuviese esta en otras nocivas formas), que hizo palanca al régimen oponiéndose a opusinos y tecnócratas o que fue lacerando a la derecha contraria a la democracia, construyendo un partido de masas, capaz de vivir en libertad y respetar la convivencia. Una frase que para muchos será engolada, pero que hace treinta años, era una utopía. Y el Santiago comisario comunista que firmó sentencias por miles en el sitio de Madrid, en plena Guerra Civil, poco tenia que ver con el hombre que trajo al comunismo al escenario de la democracia, hizo renunciar a la izquierda del blasón revolucionario y tendió su mano para sacar a delante al país que al mismo había echado a patadas años atrás.

Cada vez que veo en los medios de comunicación a la gentuza que puebla estos días los juzgados y las cabeceras de telediarios, por robar, asesinar niñas, dilapidar el dinero o corromper voluntades, me viene a la cabeza la imagen de hombres y mujeres de bien que, aunque llenos de defectos y pasados, supieron adaptarse a su momento, rectificar sus vidas y anteponer el bien común a sus intereses. Personas como Dolores Ibarruri, Pilar Brabo, Mercedes Vidal, Gregorio Peces Barba, José Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero, Simón Sánchez, Marcelino Camacho, Vicente Enrique y Tarancón, Miguel Roca, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo o Manuel Fraga, por citar a unos pocos. Hombres y mujeres que han desaparecido de forma silente o que permanecen entre nosotros entre el olvido, mientras apenas tenemos ojos cada día para la mugre que nos gobierna, en lugar de aprender de quien nos trajo hasta aquí.

No veo mal un homenaje público a Manuel Fraga, ni otro a Santiago Carrillo, más bien hecho en falta muchos más, a los padres de nuestra democracia.

Ah, se me olvidada, el de la izquierda es D. Manuel, y el de la derecha D. Santiago, dos cascarrabias que han purgado sus pecados en otras conversaciones como esa, gracias a las cuales yo escribo esto, y tu lo lees, porque a diferencia de nuestros antepasados, tu, y yo, somos libres.

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