El nacionalismo y la guerra

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Según Juncker (presidente de la Comisión Europea hasta noviembre del 2019), el nacionalismo es la guerra, destruye la nación y hay que luchar contra él. Los dirigentes de Europa tienen el deber de combatir el extremismo, especialmente el de extrema derecha y el auge de los nacionalismos en Europa.

Parece que los nacionalismos en Europa no son muy belicosos, que no se oye mucho ruido de botas, aunque por ejemplo en el conflicto entre Rusia y Ucrania parece que las decisiones de Putin pueden influir sobre los grandes equilibrios del mundo actual; y también Escocia, que se caracteriza por fuertes inclinaciones independentistas, como en el caso de Cataluña, pero no conlleva una lucha armada, como el País Vasco con ETA, que la abandonó oficialmente en  2018.

Los nacionalismos de entreguerras surgieron a raíz de de una importante crisis económica y un poco como en la actualidad por la debilidad de la izquierda. Pero sobre todo por el fracaso de quienes tenían que haber asegurado una paz duradera después de la Primera Guerra Mundial quedando reflejado en tensiones entre países y reivindicaciones territoriales o étnicas.

El escritor judío vienés Zweig, se suicidó en Brasil en 1942 cuando pensaba que ya no existía ninguna esperanza para Europa y que el triunfo de Hitler era inevitable, y escribe lo siguiente sobre el nacionalismo: “Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Por ejemplo el derrumbe del Imperio Austrohúngaro donde pueblos, lenguas y religiones totalmente diferentes vivían bajo la misma ley, provocó el levantamiento de fronteras que siempre dejaban fuera a alguien, los húngaros de Rumanía o los rumanos de Hungría, los italianos y los eslovenos de Trieste…

En todo caso, en el segundo tercio del siglo XIX, el nacionalismo se convirtió en una fuerza política de primer orden, en la que lo más importante era la construcción de la conciencia nacional. ¿Cómo se construye esta conciencia nacional? : reivindicando las características de la nación y dando importancia a todo aquello que se tiene en en común, como es el caso de lo cultural, lo histórico, económico, lingüístico y étnico; los cuales le permiten crear comunidades con conciencia nacional, poniendo en práctica el patriotismo y trabajando en pro del lugar de nacimiento. Pero hay que destacar las consecuencias del nacionalismo, como el uso de la violencia para obtener los diferentes ideales, la destrucción de territorios, que hoy en día se conocen como países, pérdidas humanas, desbalance a nivel económico o agudización de la pobreza.

El nacionalismo es una corriente de pensamiento que se fundamenta en una supremacía de la nación por encima de otras culturas, nacionalidades o países. Los mejores ejemplos de nacionalismo se encuentran en la Italia fascista, l Alemania Nazi o la Unión Soviética. En el siglo XVIII, los ciudadanos franceses emplearon el nacionalismo para movilizarse como un grupo unificado, protestando por la vida deprimente y las terribles condiciones económicas experimentadas bajo el reinado de Luis XVI y María Antonieta. El nacionalismo también movilizó a ciudadanos estadounidenses durante la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, demostrando apoyo a la acción militar en el exterior. Otras veces, como el ascenso de Hitler y la Alemania nazi, el nacionalismo resulta destructivo.

En la actualidad, podemos hablar del rechazo a los inmigrantes y a llamar al orden al islam, que provocan inseguridad y miedos por la integridad cultural de la nación, pero esto tiene un sentido defensivo y no ofensivo o belicoso. Los nacionalismos europeos actuales no tienen nada que ver con los que se produjeron en los años 30, y no podemos decir que vayan a acabar en guerra como entonces. En todo caso supondría el fin de la Unión Europea, que nació precisamente para preservar a Europa de la guerra . Toda la historia de Europa discurre en un sentido: la construcción de Estados donde los derechos sean políticos y correspondan a todos los ciudadanos, frente a aquellas naciones en las que los derechos dependen de la pertenencia a una idea, etnia, lengua o religión. Y no ha sido fácil llegar hasta aquí.

Fuentes consultadas:

“Historia del mundo contemporáneo”, Luis Enrique Otero. Editorial SM. 2015.

“La Vanguardia”, 20 de mayo del 2019.

“El País”, 31 de enero del 2018.

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