El día en que os encontré

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Para nosotros es Zina. Hoy sigue escribiendo en eolapaz. Es enfermera, aunque sigue con el gusanillo del periodismo, con aquel espíritu crítico, innovador y descarado que hizo de su columna semanal uno de nuestros referentes.

Esta es la historia de algunos de los que se alistaron en el EPE, vista desde sus ojos.

Mi caso es muy distinto del que os han contado el resto de mis compañeros, aunque acabé en medio ambiente a mi, lo que realmente me gustaba era la denuncia social, pero a Eusebio, por mi afición al surf,  le pareció que podía aportar a esa sección, Y en eso Eusebio ha sido siempre muy convincente, pero difícil de convencer.

Había empezado ya el curso 2013-2014 cuando mi familia se trasladó a Torrelavega, por motivos de trabajo. Se supone que debía aguantar un par de años y volvería a mi mundo. Pero entré en La Paz y algo cambió en mí. Era mi primer día de clase en cuarto de secundaria, la segunda semana de aquel septiembre tórrido para el resto de mis compañeros. Yo me esforzaba en integrarme, y la verdad es que mis nuevos compañeros se mostraron muy abiertos conmigo. La primera mañana transcurrió sin mayores incidencias.

Parecía que lo peor había pasado, pero que equivocada estaba. Era la última hora de la mañana y apareció por la puerta el profesor de historia, como recién salido de un vórtice espacio temporal. Lleno de manchas de tiza, con su ordenador, un montón de cables y un bolígrafo rojo entre los dientes. Tras montar su kiosco tecnológico, todo el mundo comenzó a sacar su móvil. Tras una breve exposición, la clase, ante mi desconcierto comenzó a jugar frenéticamente con un kahoot. Yo ni tenía teléfono encima, ni sabía que era un kahoot, ni entendía porque en clase de historia estaban tratando de riesgos medioambientales a cuenta de la rotura de una balsa de mierda en una mina de Andalucía. Pero para él la historia también era la actualidad.

Mi cara debía reflejar tal nivel de desconcierto, que en medio de la frenética actividad el hombre desoyó a quienes lo reclamaban y se acercó a mi mesa y me preguntó si había algo que no entendía. “Nada”. “Eso está bien, ser consciente de la realidad que nos rodea. Saca tu móvil”. “No lo tengo aquí, en mi instituto estaban prohibidos”. “Aquí también, pero si no rompemos las normas, que gracia tiene la vida. Toma el mió, abre la aplicación de kahoot y ….”. Mientras hablaba lo vi claro, me había tocado el lunático del colegio. Al final fue divertido, sobre todo cuando a 10 minutos del final paró la actividad y surgió un debate espontáneo sobre lo que habíamos hecho.

Sonó el timbre que anunciaba el final de la mañana y todo el mundo se preparó para salir. Pero sobre el ruido se oyó nítidamente su voz. Llamó a tres chicas de clase, entre ellas yo, para que nos quedáramos cinco minutos. La complicidad con las dos primeras era evidente. Las dio dinero para que fueran por la tarde a Santander en tren a sacar unas fotos de los restos del temporal y hablar con la asociación anti-fracking de Cantabria. Cuando se fueron y nos quedamos solos en el aula me preguntó. He visto en tu cuaderno escrito “zinasurf. ¿Qué es?”. “Es el nombre de mi blog, uso ese seudónimo”. “Perfecto, vente esta tarde a partir de las cuatro al aula de informática del cuarto piso, hoy hay reunión de la redacción de eolapaz”. Intenté disculparme, más bien contradecirle, hasta que me di cuenta que estaba sola en el aula. Se había ido sin escuchar mi réplica.

Cuando llegué a casa mi madre me preguntó por mi primer día de clase, y estuve a punto de echarme a llorar. Mi madre me tranquilizó y me aseguró que el lunes hablaría con mi tutora y pondría en su sitio a aquel profesor desquiciado.

No se porqué, pero a las cinco volví al colegio, el conserje me acompañó a la cuarta planta y al iniciar el pasillo señaló la puerta del final donde estaban los del “periódico”. Era una sala grande, con los ordenadores en círculo. En medio, en una mesa, había coca-colas, agua, patatas, galletas, toda una merienda. Al fondo, Eusebio hablaba con Araceli, la jefa de redacción y Mari Carmen, la jefa de maquetadotes, él las dejó un momento, se levantó y con dos palmadas hizo el silencio. “Os presento a Zina, hoy se incorpora a eolapaz y va a estar en el equipo del País de los Estudiantes, Lucia, Rocío, ponerla al día, que revise la sección de medio ambiente en la hemeroteca, que se registre y que nos diga en que fallamos y haga sugerencias. Carmen, luego ayúdala tu”. Breve y conciso, y volvió a su sitio. Estaba en la redacción de un periódico. Quiero decir, aquello era un periódico de verdad. Preparaban cada viernes su revista semanal, eolapaz.com, al tiempo que creaban un periódico para la edición anual de El país de los Estudiantes, creo que la número XII. Lucia y Rocío me presentaron al resto de un grupo que me aceptó como nunca nadie lo había hecho. María me ayudó a registrarme, me dio de alta en el equipo y me dejó con Carmen, con quien vi en la hemeroteca del EPE todos nuestros trabajos de medioambiente. Eran casi las siete, y por una u otra razón ya había hablado con todos los del equipo, con la naturalidad de quien te conoce de siempre. De vez en cuando la actividad se paraba, surgían las risas, los comentarios jocosos y las bromas, era una extraña mezcla de seriedad profesional, compadreo y amistad.

Los tres se acercaron a mi ordenador, donde seguía con Carmen, una niña amable, muy concentrada en su trabajo. Araceli, la jefa, era puro nervio, segura de si misma controlaba todo lo que había en aquella habitación, según pasaba por los ordenadores corregía como si fuera la RAE y con plena autoridad, pero con cariño, y siempre provocando una sonrisa. Mari Carmen era un cielo, dominaba el programa de maquetación como nadie. Ella, Vanesa y la otra Maria eran el motor técnico de aquel equipo. “Creo que en esta sección sobra espíritu crítico y falta mostrar la cara positiva de la relación entre la humanidad y la naturaleza, lo que se hace, la esperanza”, mientras todos los que estaban asentían, entró por la puerta el alma auténtica de aquella locura. Se llamaba Heidi Rodríguez, era mi profesora de biología. Parecía una alumna más, con su cabello rubio, su cara de niña pícara, su sonrisa y su positivismo permanente. Traía más merienda. Cuando llegaba todo eran sonrisas y la conversación derivaba a cosas ajenas al periódico, era el momento de las anécdotas del día a día. Con ella Álvaro, un antiguo alumno que venia a explicar a los maquetadotes como editar audio. Era un programa complementario a eolapaz y al EPE, en el que miembros de otras ediciones acudían a ratos a desarrollar talleres para enseñar edición de audio, vídeo, técnicas de escritura, aclarar el libro de estilo o cosas similares. El proyecto se llamaba “Si supieras lo que sé” y era una actividad de gestión de conocimiento que había premiado aquel año el Consejo Escolar del Estado.

Cuando volví a casa le dije a mi madre que había encontrado mi sitio y a un grupo de jóvenes extraordinarios. En los siguientes meses y años mi estatus en el colegio cambio, yo era una de las del periódico, y eso en La Paz era una cosa muy valorada. Cada semana mostrábamos en la red eolapaz.com y cada viernes la frenética actividad del EPE. Poco a poco abandoné mi blog, vi como viajaban por España detrás de una noticia, recibían premios, creaban una familia en torno a un periódico, saturaban cada día de la semana mi whatsapp y perfilábamos una sección de naturaleza del EPE más comprometida, más positiva y más cuidada en la parte gráfica.

Fueron años de denuncia (como el despilfarro de agua, la guerra a los lobos cantábricos, los fuegos de invierno o la falta de depuradoras), pero también de promocionar iniciativas como la fabricación en Torrelavega de toallitas solubles en agua, la empresa de reciclaje de ropa ecoalf, la red de huertos ecológicos de Torrelavega, la educación medioambiental o la arquitectura sostenible).

Al final, lo mismo que me había traído me llevó, y un trozo de mi corazón se quedó en aquella redacción.

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