El desastre del 98

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Hasta 1.898 España fue poseedora de tres colonias muy valiosas por su situación estratégica y comercial, por un lado, Cuba y Puerto Rico en el mar Caribe, y por otro, Filipinas, en el océano Pacífico, formado por más de tres mil islas, donde la piratería campaba a sus anchas haciendo muy difícil para nuestro país el control armado, dada la precaria armada de la que disponía España.

Mientras, España se hallaba sumida en una grave crisis política, siendo regente entonces dada la minoría de edad de Alfonso XIII, su madre la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, quien por cierto otorgó el título de ciudad a Torrelavega en enero de 1.895.

Esa crisis política convirtió a España en una presa fácil para las grandes potencias mundiales que ansiaban hacerse con las colonias españolas dada su importancia económica. El poder de un país crecía cuanta más extensión territorial tuviera y por tanto cuanto mayor pudiera ser su influencia económica.

Estados Unidos tenía un grandísimo interés en hacerse con la isla de Cuba, por su valor económico y su estratégica ubicación geográfica, hasta el punto de que habían sido varios los intentos de compra por parte de los norteamericanos, si bien, España rechazó siempre las ofertas de compra realizadas.

Los cubanos se habían ido organizando en los años previos a través del Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí y poco a poco las sublevaciones independentistas iniciadas en 1.895 se hicieron más frecuentes. El esfuerzo militar desplegado por España fue enorme. Más de doscientos veinte mil soldados fueron enviados a Cuba entre 1.895 y 1.898, pero el ejército español, rápidamente formado, sin la aclimatación necesaria y mal equipado no lograba vencer a un enemigo que hacía guerra de guerrillas. Peor aún peor que las armas enemigas lo fueron las enfermedades endémicas de la isla que causó estragos entre las tropas españolas.

El acto más conocido del llamado desastre del 98 y que culminó con la independencia de Cuba fue la explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana. El barco entró a puerto a finales de enero sin previo aviso vulnerando los acuerdos existentes y veinte días después, el 15 de febrero de 1.898, una explosión hizo saltar por los aires el acorazado falleciendo más de doscientos cincuenta tripulantes. A partir de ese momento, la prensa estadounidense condena a España por lo ocurrido y predispone a la opinión pública norteamericana en contra de nuestro país.

Aunque jamás se supo el motivo de la explosión, el presidente de Estados Unidos William Mckinley declara la guerra a España. La pérdida de las colonias de ultramar es ya inevitable. Las primeras órdenes van dirigidas a destruir la armada española en Filipinas, donde las fuerzas navales se reducían a dos cruceros, cinco embarcaciones de medio tamaño y tres cañoneros. El 1 de mayo de 1.898 la marina estadounidense debidamente equipada derrotó en el puerto filipino de Cavite a los españoles y el 3 de julio, en la otra punta del planeta, en Santiago de Cuba los americanos vencían nuevamente a los españoles.

De inmediato, España pidió ayuda a Francia para negociar la paz, y el 10 de diciembre de 1.898 se firmó el tratado de París, por el que España concedía la independencia a Cuba y cedía Puerto Rico, Filipinas y Guam a Estados Unidos.

La pérdida de las colonias supuso un golpe muy duro para España que continuó sumida en una grave crisis política y social.

Y así es como el año 1.898 quedó como parte de la crónica negra de la historia contemporánea española siendo los literatos de la denominada Generación del 98, quienes bautizaron los hechos relatados como el desastre del 98.

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