El Cisma de Avignon

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El siglo XIV fue un tiempo de cambios para la sociedad europea. Mientras el feudalismo se debilitaba, las ciudades experimentaban el comercio y la burguesía.

A finales del siglo XIV la Iglesia se partió en dos, y eligieron un papa en Roma y otro en Aviñón.

Iglesia y Estado chocaron para parar sus competencias. Felipe IV quería ser el que eligiera el clero en su país, y pretendía llevar a sus arcas los tributos generados en su territorio que se desviaban a los Estado Pontificios. El francés, que siempre pasaba por grabes problemas financieros, viendo al alcance de la mano la solución a sus problemas económicos, planeó la expulsión de los judíos para así poder confiscar y vender sus propiedades y con ello, hacer desaparecer sus enormes deudas. Como el Papa Bonifacio VIII no daba la razón, Felipe IV apresó al sumo pontífice en la localidad italiana de Anagni, falleciendo poco después. Entonces el rey imponía a un Papa más dócil, Clemente V, que trasladó la Santa Sede desde Roma hasta Aviñón.

Después de la humillación de Bonifacio VIII en 1303, todos los papas fueron francófonos hasta 1378. Y decidieron no instalar su sede en Roma.

En 1309 se establecieron en Aviñón, actualmente sur de Francia. Pese a que los reyes galos no gobernaran la ciudad de Aviñón, lo cierto es que el poder de los papas instalados en ella tenía un carácter marcadamente francés: casi la mitad de la financiación del papado procedía de las cuotas que abonaban los templos franceses, y, a la inversa, los papas de la época permitían que el rey de Francia cobrara un impuesto sobre las tierras de la Iglesia con el fin de costear los gastos de la guerra contra Inglaterra.

Así, el papado pasó a estar desde aquel momento bajo la órbita del reino de Francia y las cosas continuaron de un modo más o menos rutinario hasta final de aquel siglo.

Roma era el lugar de residencia más apropiado para los papas no desapareció en ningún momento, y de hecho, en torno a la década de 1370 ese sentimiento empezó a cobrar una gran fuerza. Gregorio XI volvió a Roma, y murió un año después.

Entonces tomaron partido contra sus propias convivencias.

Roma, hizo papa a Urbano VI.

Aviñón, se reunió 4 meses más tarde y declararon papa a Clemente VII.

Ambas sedes, la italiana y la francesa, se precipitaron a la búsqueda de apoyos. Clemente VII confió esta delicada misión al cardenal Pedro Martínez de Luna, que consiguió el respaldo de Castilla, Aragón, Navarra, Nápoles, Alemania meridional, Escocia y, obviamente de Francia. El resto de los países Inglaterra, buena parte de Alemania, el centro y el norte de Italia, Portugal, Polonia, Hungría y Escandinavia) apostaron por Urbano y se declararon fieles al romano. La guerra de los Cien Años era una vez más el factor que determinaba en gran medida las distintas posturas, pero casi todas las demás motivaciones se debieron a cuestiones de carácter geopolítico.

El papa Luna terminó sus días en la más completa soledad. Fue desautorizado y excomulgado, repudiado incluso por Aragón, y solo tres cardenales le guardaron lealtad en el castillo de Peñíscola. En este penoso aislamiento falleció el personaje que había gobernado y confundido durante medio siglo el rumbo de la Iglesia, el actor más longevo, capacitado y testarudo del Cisma de Occidente. Segundo y último antipapa de Aviñón, Benedicto XIII había sobrevivido a la mayoría de sus rivales. Tenía 95 años. Murió convencido de ser todavía el sumo pontífice.

Info. : https://quevuelenaltolosdados.com/2019/06/01/el-cisma-de-avinon/

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