Cien años de Fernán Gómez

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Incluso fuera de España, la noticia de la muerte de Fernando Fernán-Gómez laceró, hace catorce años al mundo de la cultura, al mundo de la gente que ama la sensibilidad, el ingenio y la sensatez.

Poco tiempo antes de su muerte, y ante la cámara de Luís Alegre y David Trueba, Fernando Fernán Gómez se medio desnudo (solo medio, que su sentido de la dignidad le arrastraba fuera de escena a cada instante). Una muestra más del talento de aquel que mezclaba con excelsa sabiduría el implacable sentido de la lógica, y el humor más despiadado. Y todo a lo grande, como todo en él.

Nunca echó de menos sus años de juventud, sabedor del encanto y la riqueza que el paso del tiempo había depositado en sus huesos, pero si sintió el miedo al dolor que los achaques nos traen, y a la soledad que el fin de los días anticipaba en su criterio.

Fue siempre un galán, de esos de verdad. De esos que despiertan en nosotras una admiración y una pasión difíciles de contener. Una atracción alejada del físico anguloso y la mirada entrada. Mas cercana a la admiración que despierta el hombre de porte y dominio en cada escena de la vida, del hombre que descuella por su imaginación, su inteligencia y su ternura. Tal era su encanto, que en los años finales (esos que han enmarcado los medios en tortuosas escenas de genio y mal humor, entresacados por la provocación de quienes saben cómo herir la dignidad del que la tiene), los creadores de medio mundo han quedado deslumbrados por su talento y su luz de hombre sabio.

Quienes han tenido el favor de la fortuna, y le han conocido relatan como Fernán Gómez se irritaba con la algarabía y con la estupidez, con los artificios y los fuegos fatuos. A la vez que, amante de la palabra y los sentimientos nobles, se entregaba sin cuartel al dialogo inteligente, dándose dócilmente a sus amigos y a quienes apreciasen ese estilo humano de vida, hasta en palabras, cómodo y relajado compartir la vida. En ese entorno, y pese a lo que la leyenda negra que le acompañará en la eternidad diga, Fernán Gómez era un manantial, entre miradas de brillo a su alrededor, de sentimientos y razones rotundas, pero amables, de observaciones agudas, de anécdotas esclarecedoras y de puertas abiertas a la curiosidad inocente. Un hombre exquisito, delicado y con estilo, cuyas cualidades quedaron siempre preclaras a los ojos de la profesión, admirada de su entrega a sus compañeros, de su fidelidad inmaculada a sus amigos, y de su docilidad y profesionalidad en sus trabajos.

Nunca fue obstáculo en obra alguna. Sembró aires de libertad y defendió desde su trabajo, siempre, una visión del mundo y el hombre ajeno a convencionalismos y ataduras, aceptando, pese a su influencia y ascendiente, cualquier trabajo, cualquier oferta, de cualquier creador, sabedor que el hombre es humilde, pues nunca ceja en aprender, y eso pese a esa pose de poseído por el descreimiento del que espera furtivo el atardecer, tal como falsamente revela el “Yo me considero ya un contemplador de la vida, vivo de mis memorias y de las memorias de otros”.

El pleno de la cultura ha alabado siempre el valor social de un hombre que abordó con éxito y acierto profesional y humano el teatro, el cine, la literatura, la narrativa, la poesía y el análisis de la lengua, tal como reconocía hace diez años Carmen Caffarel, entonces directora del Instituto Cervantes.

Pero es cierto que el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1995, era un hombre a la par que genial e imprescindible, difícil.

Quien no recuerda cuando como se despidió del teatro en el verano de 1992, en el Poliorama, en una deliciosa recreación del hombre a través de textos de Brecht, y de pasajes de los anuncios por palabras de un diario. ¿Y por qué se fue? Por aburrimiento. Aburrimiento de repetir cada día las mismas frases sobre un escenario, de escuchar las risas y los jaleos del patio de butacas, a veces poblado de tiernos infantes. Aburrido del público.

Es así. Al final, saciado de bregar con una sociedad que por tiempos no estaba a su altura, cejo en el empeño de su magisterio teatral, escondiéndose en la penumbra de un estudio, y la soledad de un paraje, tan solo con el ojo de una cámara frente a él. “Me faltaron fuerzas y entusiasmo para hacer lo que había soñado: los grandes títulos del repertorio universal”, llego a decir. En realidad, le faltaron fuerzas para soportar tanta miseria y mediocridad en una sociedad a la que amaba, y contra la que se revelaba.

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