Charles Darwin, dos siglos de evolucionismo

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Charles Robert Darwin (1809 – 1882), uno de los símbolos de este año 2009, reflejo en su propia vida la tesis que marco su obra, el evolucionismo como pauta para crecimiento del medio natural y la selección como adaptación de la vida a la supervivencia.

Hijo y nieto de médicos, en trato desde joven con la ciencia, Darwin creció en un ambiente proclive al naturalismo, dado el carácter moderadamente librepensador de su padre, aunque limitado por una educación clásica, llena de los convencionalismos propios de una familia acomodada y una tradicional formación religiosa unitarista, aunque fuese bautizado anglicano. El joven Darwin, con tan solo 16 años, ya era universitario en Edimburgo, en la rama de medicina, ciencia que pronto fue perdiendo importancia frente a la investigación en invertebrados marinos, fruto de su amistad con el esclavo liberado John Edmonstone, un hombre de mundo que fascino al joven. Ello le llevaría a Cambridge, donde pronto encontró contrarios a sus inquietudes los preceptos del génesis, ese libro metafórico, entendido al pie de la letra en lo tocante al origen de la vida.

Estudiando allí, Darwin comenzó una observación metódica de la naturaleza, lo que le permitiría ir dando pasos hacia un nuevo método de comprensión de esta. Tras presentar varios trabajos de investigación en la Sociedad Pliniana, un buen día Darwin asistió a la conferencia de Robert Edmund Grant que les abrió a las teorías evolucionistas de Lamarck. Tales tesis coincidían con las expuestas en sus libros por su abuelo Erasmus. Darwin estaba decidido, esa investigación ocuparía su vida.

Pese a ir bien en sus estudios, Darwin seguía inquieto desde aquella conferencia, ansioso por comprender las leyes naturales, su dinámica y los métodos inductivos que permitirían comprender la evolución. Siguiendo los pasos de grandes viajeros como Alexander von Humboldt, Darwin planeaba un viaje de estudios a Tenerife cuando su amigo Henslow le propuso un puesto como naturalista sin paga en el HMS Beagle, un barco de su majestad que saldría con destino a América para realizar investigaciones científicas. Tras luchar contra la oposición de su familia, Darwin iniciaría en 1836 el viaje de su vida.

A lo largo de los meses que duraría el viaje, Darwin pudo recolectar plancton, anotar cuantiosos datos zoológicos, observar y comprender fenómenos geológicos, en la línea interpretativa de la época, el uniformismo, extraer fósiles y desarrollar una metodología para su entendimiento. Al contacto con las poblaciones de la América austral adquirió una perspectiva de los problemas sociales, políticos y antropológicos tanto de nativos y europeos. Esta primera parte del viaje no le permitió aun comprender como la influencia del clima, la orografía y el aislamiento estaba desembocando en la variación independiente de la vida, cosa que alcanzaría a comprender en su escala en las islas Galápagos.

Su regreso a Inglaterra le convirtió en una celebridad y en un pozo sin fondo de pruebas y datos que ahora había que sistematizar y concluir. Pero sus investigaciones sufrirían un momentáneo parón, a instancias de su padre, el joven Charles se dedicaría a proteger sus ingresos, para garantizar su futuro y a buscar en la alta sociedad londinense ayuda científica para describir y analizar las colecciones obtenidas en su viaje. En los siguientes meses Darwin comenzaría a madurar sus concepciones sobre la transmutación de las especies y sobre la existencia de un árbol de la vida, que crece mediante la modificación de los seres vivos.

La vida conduciría a Darwin en los siguientes meses a un destino tedioso y convencional. Secretario de la sociedad geológica, casado y afectado de problemas cardiacos, eso no impediría una creciente actitud crítica hacia el creacionismo y un agnosticismo creciente, pese a los esfuerzos de su esposa Emma.

Darwin no acababa de dar cuerpo a sus teorías, especialmente a todo el material que había recogido en su viaje con la Beagle por las Galápagos, donde había entrado en contacto con un mundo natural totalmente ajeno a todo lo conocido, con especies totalmente adaptadas, como pájaros que no volaban o tortugas que variaban según el ecosistema. En medio de esa indefinición Darwin recibió una carta de su amigo Alfred Russel Wallace, quien desde sus estudios de Borneo había llegado a conclusiones similares a Darwin, el creacionismo era mentira.

Los avances de Asa Gray y de Wallace animaron a Darwin a dar a conocer al mundo sus avances mediante una conferencia en la Sociedad linneana de Londres acerca de la tendencia de las especies a crear variedades y perpetuarlas. La base de la exposición se encontraba en dos artículos, uno de Wallace y otro no publicado aun Darwin. La muerte de la hija del científico, de escarlatina, se unió al escaso entusiasmo de la comunidad científica.

Levemente recuperado, Darwin se lanzó a la publicación de sus avances en un libro clave para nuestra historia “El origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, para entendernos “El origen de las especies”.

El libro resulto inesperadamente un éxito editorial, agotándose en aquel otoño de 1858. Pero aún no había abordado la cuestión clave, el origen del hombre, ante la presunción de que la sociedad no estaba aún preparada para tal avance conceptual. Pero sí que estaba ya escrita de forma explícita la formulación esencial de nuestro conocimiento actual : “Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, en consecuencia, hay una lucha por la vida, que se repite frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas y a veces variables condiciones de la vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, será naturalmente seleccionado. Según el poderoso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva y modificada forma”.

En los años siguientes, decenas de investigadores irían desarrollando la teoría de Darwin en aspectos tan dispares como el origen del hombre o la evolución de las plantas. Seria en este campo donde el científico centraría su trabajo los siguientes años, bajo el influjo de una permanente mala salud.

Así de la mano de Ernst Haeckel, nacería el Darwinismus, una particular versión del darwinismo que favorecía la ortogénesis por encima de la selección natural o con Wallace crecería espiritualismo.

El penúltimo reto de Darwin estaba en el origen humano. Comparando cráneos de simios y humanos, y siguiendo los escritos de Thomas Henry Huxley, Darwin comenzó a encontrar muchas evidencias que colocaban al hombre como una pieza más del reino animal. Esa sería la línea que seguirían sus siguientes libros, caso de “La expresión de las emociones en el hombre y los animales”, un éxito popular.

En 1882, finalmente moría el genio, dejando abierto el camino a dos de los grandes enigmas de la ciencia de entonces, la unidad de tipo y las condiciones de existencia.

Es cierto que no debemos concluir de esta historia, que los avances de Darwin carecieron de oposición. Los debates contra el naturalista y las críticas mordaces fueron continuos, y solo la ayuda de poderosos aliados, que habían llegado por otros medios a convicciones similares permitió que su teoría se abriera camino. Así, solo el combativo Huxley, defensor del evolucionismo, permitió arrumbar las viejas teorías creacionistas de Owen. O Essays and Reviews, un ensayo de teólogos anglicanos, con Baden Powell a la cabeza permitieron afianzar la idea de los poderes auto evolutivos de la naturaleza. Pero es cierto que muchas poderosas fuerzas se rindieron a la razón, como el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, la Asociación Británica para el avance de la Ciencia o científicos como Joseph Hooker y Thomas Huxley, que admitieron el evolucionismo.

Mas tarde el resto de la comunidad se iría rindiendo ante las certezas que aportaban métodos como la radioactividad que permitía la datación orgánica y de la tierra, o irían perfeccionando las teorías darwinianas, como Fleeming Jenkin y después Ronald Fisher, que apoyados en los descubrimientos de Gregor Mendel y de la matemática estadística rechazaron el componente pangenista de Darwin, que defendía la evolución a través de la mezcla de las especies.

Las teorías evolucionistas tuvieron otro segundo aspecto importante, la influencia sobre el pensamiento religioso, lo que sería la segunda gran evolución del autor, tras su adiós a la posición burguesa que la vida le había deparado. Charles evolucionaría tras su viaje en la Beagle, del anglicanismo asumido, al escepticismo religioso, planteándose la posibilidad de que fueran ciertas otras religiones, o todas, o ninguna. Para la sociedad de la época estas teorías dejaban al hombre indefenso ante la naturaleza, pues la perfección que derivaba de la selección natural eliminaba la necesidad de un “diseño divino”, de un ser superior creador, y también protector. Quizá las gentes de la época no solo vieron en estas ideas un ataque a sus creencias, sino una puerta abierta al riesgo. Como el que representaban las teorías eugenistas de Galton, que aplicaban la herencia y las condiciones ambientales al desarrollo de la especie humana, dejando abierto el camino a su manipulación, o a su selección política, como luego harían los nazis.

Hoy doscientos años después cabe no solo recordar a Darwin, sino plantearse seriamente la veracidad total de sus postulados y la peligrosidad de estos, si son torticeramente utilizados. La teoría evolucionista llevada a su extremo de competitividad y ausencia de moral divina superior ha sido durante estos años base de posiciones antinaturales extremas como las maltusianas, las “workhouses” (asilos de pobres), la economía basada en el laissez-faire, o los idearios políticos radicales panserbios, nazis o de los jemeres rojos.

En el fondo, ha sido un argumento deformado por algunos para justificar las diferencias sociales y raciales, y aunque Darwin había dicho que era “absurdo hablar de que un animal fuera superior a otro”, muchos estados, políticos y grupos radicales han empleado, curiosamente bajo un halo religioso para defender la sola existencia del más poderoso, del más adaptado. Y ahí parte de la causa del exterminio de culturas enteras, desde el colonialismo, hasta nuestros días. Pero poco se ha hecho desde los sistemas informativos y educativos para contrarrestar esta desviación, y esa es nuestra tarea pendiente. Una lectura real del darwinismo esta aún pendiente en nuestras escuelas. Falta transmitir a las nuevas generaciones no solo el espíritu emprendedor de Darwin y su afán recuperación y aprendizaje. Falta educar en ese enfoque holístico de la naturaleza sostenido por Darwin y que incluía la “dependencia de unos seres con otros”. Falta enseñar ese pacifismo, socialismo y progresismo que defendía el Príncipe Kropotkin, enfatizando el valor de la cooperación sobre la lucha entre las especies.

Y falta perspectiva en los gobiernos actuales, que celebraciones aparte, poco hacen para frenar las amenazas de evolución que se ciernen sobre nosotros. Edgar Manfeld exponía recientemente en el Times los riesgos de acientifismo e intolerancia que se ciernen sobre nosotros por mor de la invasión de emigrantes. No es raro escuchar a clérigos musulmanes o rabinos judíos echar pestes de Darwin, fomentar el creacionismo y defender el rechazo a la ciencia. Y esa es una tarea pendiente, evitar un retroceso en nuestros avances morales y científicos. Si no queremos que este sea el último aniversario.

Con ocasión del bicentenario de su nacimiento y el 150 aniversario de la publicación de su obra más importante hubo actos en todo el mundo. Entre ellos destacó el hecho de que la iglesia anglicana publicó una obra en que se disculpaba ante Darwin “por haberle malinterpretado”. Ya solo falta enseñar a los jóvenes la ciencia, el afán de aventura y el amor a la cooperación y el organicismo, que quiso Darwin transmitirnos.

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