Básico 25. La Revolución de Asturias de 1934

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“Describe las causas, desarrollo y consecuencias de la Revolución de Asturias de 1934”

Si la derecha acudió desunida en 1931, en 1933 era la izquierda la que no unificó sus candidaturas y quedaron en minoría ante la dispersión del voto y el llamamiento a la abstención de los anarquistas. La CEDA liderada por Gil Robles, se convirtió en la principal opción de un conglomerado de derechas.

Todas ellas unidas por la defensa de la propiedad como derecho sagrado y contrarias, por tanto a la reforma agraria o a una legislación laboral que mermaba la independencia del empresario. De igual modo se oponían al nacionalismo catalán y vasco, a los que consideraban separatistas. Eran contrarios a la coeducación en las escuelas y al divorcio. Pensaban que la secularización marginaba a la Iglesia e iba en contra de la tradición española, mayoritariamente católica y por tanto hablaban de contrarrevolución para revisar y cambiar aquellas reformas. Compartiendo estas ideas convivían opciones diferentes (demócratas cristianos, mauristas, primorriveristas, alfonsinos, conservadores liberales, neofascistas,..).

El Partido Radical de Lerroux había perdido hacía tiempo su radicalismo histórico. Era una opción moderada y que pretendía ser el eje de una República de clases medias que rechazara por igual los socialismos como el republicanismo de izquierdas. Ambos formarían gobierno tras las elecciones de 1933, pero con una salvedad, el presidente de la República se negó a que los “extremistas” de la CEDA gobernaran, por lo que este segundo bienio tendría un ejecutivo de radicales, apoyado en el parlamento por la CEDA

Durante los años que duró la legislatura se sucedieron tres tipos de gobiernos: el de exclusividad radical (diciembre de 1933-octubre de 1934) que contaba con el reforzamiento parlamentario cedista, el de coalición con la de CEDA y otros grupos de derechas como los agrarios octubre de 1934 a diciembre de 1935) y los gobiernos de finales del periodo compuestos por personalidades vinculadas a Alcalá Zamora, que disolvió las Cortes y convocó nuevas elecciones en febrero de 1936.

Lerroux trató de atraerse a los católicos proporcionando subvenciones al clero y contrarrestar así lo que consideraba una provocación de la política azañistas contra la Iglesia. La Ley de Términos Municipales fue abolida, las propiedades de la nobleza incautadas fueron devueltas, pero continuaron los asentamientos campesinos. El ministro de la CEDA, el católico Giménez Fernández, intentó llevar a cabo reformas con la Ley de Arrendamientos Rústicos de marzo de 1935 que proponía la compra de la tierra a los colonos que llevaran explotándolas doce años. Sin embargo esta medida no fue bien vista por los grupos de derechas y en abril de 1935 dejó de ser ministro. Fue sustituido por Velayos, líder de los agrarios y propietario rural, quien intensificó la contrarreforma agraria: se suprimieron las expropiaciones sin indemnización y disminuyeron los fondos del IRA.

Gil Robles, ministro de Guerra, intentó contrarrestar la tarea de Azaña en el Ejército apoyándose en militares como el general Franco, nombrado Jefe de Estado Mayor, pero no se cambió ninguna de las Leyes y decretos del primer bienio. Mayor hincapié se puso en la paralización de las medidas de los socialistas en materia laboral.

La influencia de la CEDA se tradujo en un anteproyecto, a principios de 1935, para modificar la Constitución. En él se preveía la abolición del divorcio, la negación de la posibilidad de la socialización que permitía el artículo 44 y el recorte de las autonomías regionales, por cuanto para una parte de la derecha suponía la desintegración de España y ello conectaba con la tradición anticatalanista del lerrouxismo y del Ejército. Los nacionalistas vascos vieron como sus aspiraciones se diluían y aunque el PNV era un partido con fuerte componente católico no colaboró con la derecha gubernamental. La situación política impidió que prosperara al disolverse las Cortes en enero de 1936.

La imagen de rectificación que dieron los gobiernos de centro-derecha y la radicalización de los socialistas provocó su confluencia con otras fuerzas obreras y condicionó la necesidad de luchar contra lo que consideraban una amenaza: el fascismo triunfante en parte de Europa y, desde esa perspectiva, veían en la CEDA como un representante encubierto del mismo.

Los dirigentes moderados de UGT como Besteiro fueron desplazados de la Ejecutiva de la central sindical por los seguidores de Largo Caballero. Prieto y Caballero se hicieron fuertes en las ejecutivas del PSOE y la UGT recobrando una imagen revolucionaria que les distanciaba de la colaboración del reformismo burgués. Posición similar al PSOE, aunque por razones distintas, mantenían los catalanistas de izquierda que gobernaban la Generalitat. Todo ello animó el clima que condujo a la revolución de octubre de 1934.

El movimiento revolucionario, aunque planeado a escala nacional, estalló en Asturias y Cataluña, sin llegar a cristalizar en el resto del país. Preparado de tiempo atrás, en Asturias los socialistas habían logrado articular la Alianza Obrera, acuerdo entre partidos de izquierda y centrales sindicales (PSOE, Comunistas, Bloque Obrero i Camperol, Izquierda Comunista, UGT, CNT). Allí fue hondo el arraigo de la revolución -concebida como revolución social- que se desarrolló, a partir del 5 de octubre, durante dos semanas, aunque la revolución asturiana no contó con un programa concreto en el que estuvieran fijadas las metas institucionales del plan revolucionario. El documento planteado por Prieto patrocinaba un embrionario frente popular, con puerta abierta a las alas progresistas de la burguesía, lejos de la concreta razón de ser del movimiento insurreccional de 1934. Para reprimirlo se montó una auténtica campaña militar, dirigida desde Madrid por el general Franco, llamado a ello por el ministro de la Guerra (Hidalgo, un radical), y ejecutada en Asturias por la Legión, rápidamente traída de Marruecos, mandada por el general Yagüe. Las fases revolucionarias fueron el asalto al poder local, seguida de la conquista del poder provincial. En el contexto de la lucha surgieron los problemas de la organización revolucionaria, así como las divisiones ideológicas. El movimiento fue dominado tras duros combates. Hubo pocas ejecuciones, pero masivos encarcelamientos. Como causa fundamental del fracaso obrero podemos apuntar la falta de coordinación nacional de a revolución que dejó a Asturias geográficamente aislada, sin opciones claras para su consolidación o trasplante a otras regiones del país.

En Cataluña, Companys, sucesor de Maciá, presidía un gobierno de concentración republicana, en cuyo seno aumentaban las tensiones entre la tendencia ultranacionalista y la parlamentaria y catalanista más ligada a los intereses de la burguesía media. Ante el estallido asturiano, el 6 de octubre, Companys y su gobierno improvisaron un alzamiento y proclamaron, otra vez, la República Catalana dentro de la República Federal Española. Sin el apoyo de la CNT el movimiento estaba condenado de antemano. Además, no había arraigado la Alianza Obrera y el catalanismo de derechas se inhibió. Por todo ello, el general Batet pudo dominar en pocas horas la intentona. Al amanecer del día 7 todo había terminado y el gobierno de la Generalitat fue encarcelado. La consecuencia política fue la anulación de la autonomía catalana: de octubre del 34 a febrero del 36 el Estatuto de Cataluña quedó prácticamente suspendido.

Tras la revolución fue claro el viraje hacia la reacción en 1935. Se frenan los intentos agrarios de Jiménez Fernández y, finalmente, se bloquea la reforma agraria. Tras un breve gobierno de Lerroux, en mayo de 1935 el mismo Lerroux forma nuevo gabinete en el que hay cinco ministros de la CEDA y, entre ellos, Gil Robles en Guerra. La política de este gobierno fue claramente reaccionaria.

En esta coyuntura, el escándalo del straperlo (soborno de ciertas figuras del radicalismo) liquidó definitivamente la credibilidad política de Lerroux y de su partido. Ante el descrédito total de los radicales, Alcalá Zamora se resistió a entregar el poder a la CEDA, y encargó a Chapaprieta la formación sucesiva de dos gabinetes de transición. Ante la inviabilidad de éstos para gobernar recurrió a Portela Valladares para la constitución de un gobierno de centro, con el expreso mandato de convocar elecciones tan pronto fuera posible. Todo ello venía a manifestar la crisis de la república de derechas. En enero de 1936 se disolvían las Cortes y se convocaban elecciones para el 16 de febrero

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