BÁSICO 2. La Edad del Hierro

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Explica el diferente nivel de desarrollo de las áreas celta e ibérica, en visperas de la conquista romana y en relación a la influencia recibida de los indoeuropeos, del Reino de Tartesos y de las culturas griega y fenicia

En este segundo básico vamos a explicar los orígenes de nuestra historia, en la época antigua. El contenido fundamental es:

La civilización oriental es la cuna del neolítico. Mineros y aventureros llegaron a la Península Ibérica en busca de materias primas. Dependiendo del colonizador y su influencia la Península y los pueblos autóctonos (prerromanos) quedó dividida en dos áreas la íbera o mediterránea y la celta. Debemos describir a esos grupos y el porque de sus caracteres y evolución.

Por su interés minero y su situación estratégica la Península sufrió continuas invasiones y migraciones desde las primeras épocas neolíticas.

Las colonizaciones se iniciaron en la Edad del Cobre, donde los pueblos mineros megalíticos ocuparon el mediterráneo español, caso de la cultura de Millares. En el milenio siguiente, y también procedentes de Oriente Próximo colonizaron las zonas costeras los pueblos del bronce (Talayóticos y Argar).

La época en la que esta colonización alcanzó más importancia es la del Hierro, en ella llegaron las colonizaciones históricas que transmitieron el desarrollo urbano y comercial, las formas evolucionadas de escritura y la religión y arte, así como influencias políticas. Son pueblos caracterizados por su carácter de conquistadores, caso de griegos, púnicos y fenicios.

Junto a ellos la base cultural española esta formada por un grupo heterogéneo de pueblos y culturas formadas a partir de la evolución de los primeros pobladores neolíticos y de los pueblos paleolíticos de la Península, todos influenciados por las continuas migraciones. Son pueblos como los celtas, asentados en la parte nor-occidental, los iberos en la meseta, los celtiberos, entre ambos y los tartesios en el valle del Guadalquivir. Completa el mapa prerromano los pueblos del norte (vascos y cantabros). A este conjunto de pueblos preexistentes a la llegada de las grandes colonizaciones les llamamos prerromanos. Comencemos por estos.

Entre los siglos IX y V a. C., sólo el pueblo tartésico, asentado en el valle de Guadalquivir, realizó un intento por unificar políticamente la parte meridional de la Península. La influencia de sus relaciones comerciales con las Islas Británicas, fenicios y griegos, le hacía ser el único pueblo que llevaba a cabo sistemas de regadío, explotar y trabajar los metales y tener una organización social regida por la riqueza, una diarquía como forma de gobierno, y grandes tesoros (como el de Carambolo). Poseían, además, un alfabeto muy parecido al íbero.

Entre los siglos VI y I a. C., fueron los íberos, un conjunto de pueblos autóctonos (Indigetes, Oretanos, Turdetanos, Bastetanos, Laietanos, Ilergetes, Edetanos, Contestanos,…) influidos por fenicios y griegos, quienes ocuparon la costa mediterránea de la Península. Ibérica. Conocedores de la metalurgia del hierro, esta influencia determinaría la complejidad de su economía, fundamentada en la agricultura de regadío y con base en el cultivo de cereales, vid y olivo, así como su activo comercio interior y exterior. Poseedores de alfabeto propio (aun hoy no comprensible) y creadores de manifestaciones artísticas de base religiosa y de influencia fenicia (Dama de Elche), los íberos acuñaban su propia moneda, y vivían en poblados amurallados y ciudades independientes.

Socialmente estaban divididos según el poder económico, político y militar de la comunidad. El grupo dominante era el de los régulos, con poder militar y económico, luego los guerreros y e la base aparecen agricultores, ganaderos, artesanos y siervos produciéndose entre ellos lazos de fidelidad personal.

La otra gran zona cultural giró en torno a los celtas (astures, vacceos, vettones).. A principios del siglo V a. C., los celtas, procedentes de Centroeuropa, se asientan en la zona norte peninsular, con una mayor influencia en la zona noroccidental. Un pueblo con organización social de carácter gentilicio (tribal), caracterizado por el conocimiento de la metalurgia del hierro, la práctica ganadera, la utilización del arado, la construcción de los castros (emplazamientos defensivos mimetizados con el medio natural) y la realización de enterramientos en campos de urnas.

Durante todo ese tiempo, la convivencia entre íberos y celtas dio lugar al surgimiento, en la cuenca del Ebro y la meseta, de los celtíberos (arevacos, pelendones, lusitanos), pueblos sobre todo de influencia celta, pueblos dedicados fundamentalmente a las actividades agrícolas y al pastoreo, que vivían en aldeas fortificadas y se organizaban en tribus, basadas en lazos de sangre, y en sociedades guerreras con una asamblea de hombres libres. Así, a partir del siglo III a. C., los celtíberos comienzan a emplear la moneda y a utilizar por primera vez la escritura.

Este espacio celtibero mantuvo un carácter diverso y heterogéneo muy diferentes entre si.

Eso si, todos se basaban en una sociedad tribal con un antepasado común. Luchaban entre sí o se unían para la guerra contra un enemigo común. Destacaba su organización social la clientela, un pacto que ponía a un individuo o grupo bajo la protección de otro y la sumisión como pago. Otro rasgo social importante era la devotio. Era una entrega casi mística a un jefe, con el compromiso sagrado de compartir todo, incluso la muerte.

En la celtiberia, durante los siglos III y II a.C, la urbanización (Numancia), el empleo de la moneda y la escritura marcan la transición hacia formas más complejas de Estado. La monarquía no tuvo mucha implantación entre estos pueblos, fue más frecuente que una asamblea de hombres libres se encargara del gobierno.

Los celtas, a su vez, cohabitaron con los pueblos del norte. Cantabros y vascones que eran grupos muy diferentes al resto de los que coexistían en la Península, con escasa relación comercial y poca influencia exterior. Dedicados a la guerra, y con una economía basada en una agricultura atrasada y en la recolección de frutos, se organizaban en clanes gentilicios que mantenían  una propiedad colectiva de la tierra y, por tanto una muy escasa división social. Tampoco practicaban la escritura.

Procedentes del oriente del Mediterráneo, hacia el 800 a. C., los fenicios llegan a la Península, estableciendo distintas colonias en la costa de la actual Andalucía: Gadir (Cádiz), Sexi (Almuñecar) o Malaka (Málaga). Se trata de grandes navegantes y comerciantes del Mediterráneo. Su monopolización del comercio de metales y la exportación de materiales preciosos (joyas, cerámicas, tejidos, etc.), les hace ser odiados por otros pueblos. Los nuevos sistemas de construcción de ciudades, de extracción de mineral, herramientas como el torno alfarero, las factorías de salazón o la escritura alfabética fueron algunas de sus aportaciones.

A partir del año 600 a. C., los griegos del estado de Focea empiezan a llegar a las costas mediterráneas peninsulares. El excedente poblacional griego les lleva a fundar ciudades-estado como Emporion (Ampurias), seguida de Rhode (Gerona) o Akra Leuke (Alicante). Importadores de metales, salazón y trigo y exportadores de vino, aceite y tejidos, lograron la introducción de su cultura en la Península (introducen su alfabeto y su religión) y la implantación de nuevos cultivos, como la vid y el olivo, del uso del arado y de innovaciones en la fabricación de tejidos y cerámica.

Cincuenta años antes, la caída de Tiro y Sidón de mano de los persas, hace emigrar a los fenicios hacia el norte del continente africano, donde fundan algunas colonias como Cartago, que pasaría a ser la capital del pueblo cartaginés, y a sus colonias en la Península Ibérica. Una vez en éstas últimas, crean una segunda capital, Carago Nova, además de otras ciudades-factoría como Ebyssos (Ibiza), a lo largo del Mediterráneo occidental. Tras expulsar a los griegos del territorio, controlarían las zonas cerealísticas del Guadalquivir, así como las del esparto de Almería y Murcia, realizando aportaciones culturales artístico-religiosas y tecnológicas, como la cerámica. Su política expansiva hacia el Mediterráneo, haría a este pueblo enfrentarse a los romanos, en lo que se conocerían como Guerras Púnicas.

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