Aquí arriba, en el infierno

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Nunca sabrás el dolor que me rompe por lo que aún nos queda. No sabría cómo decirte de mí desesperanza, por no tenerte aquí, conmigo. Bien podrían ser esas sus palabras, las de esa mujer resignada y rellena de llanto, que, aunque no dice nada, nos lo cuenta todo. Meses sola, con el marido allá abajo, y con el alma encogida, aguantando con entereza un destino más que presumible y ahora, cuando llega, se derrumba, en una mirada que parece preguntar entre sollozos, ¿Qué te ha impedido estar acá, conmigo? ¿Qué siniestro destino ha marcado nuestras vidas para siempre? ¿Quien asesinó nuestros sueños?. Y ocurrió. Ocurrió hoy hace diez años en una mina de Chile, donde todo terminó en un rescate de película.

Y es que, en esta historia, sobre el teatrillo que con cada drama humano se monta, hay muchos actores, solo hay que echar un vistazo, pero solo una protagonista, ella. Y parece que el cámara lo entendió bien, como el Greco en el entierro de Orgaz. Todos de frente, posando ante el ojo de la vida, señalando con sus manos el rostro de la tristeza, enfocando cuanta mirada se asoma hacia la mujer que asoma, y ella recibiendo la luz, o irradiándola, que nunca se sabe.

El contrapunto, que esta es una vida de contrastes, el coro de plañideras, como reafirmando esa tristeza de quien sabe que solo ha cambiado de cárcel, o de agujero.

Es una imagen que se repite cada día, monótona y rutinaria, por eso no reparamos en ella. Estos días nos la han puesto ante las narices, dentro de una semana, a otra cosa. Y es que, mientras escribo estas líneas varias docenas de mineros han rellenado con sus cuerpos el agujero que el hombre abrió en Soma, en Turquía.

Una imagen más de mineros muertos o atrapados, como en Ecuador, en Colombia, en China, en Rusia o en Chile, que no hay que concentrar la desdicha. Algunos ni se sabe dónde, porque se sabe que están, pero ni cómo ni en qué lugar de esos tugurios que llamamos minas.

La imagen no lo cuenta, no sabemos si es la imagen de una viuda, o el reencuentro con un herido. En cualquier caso, es la imagen del dolor, porque la mujer intuye la verdad, que caso de no haber muerto, no es un punto final, sino un punto y seguido que la llevará, Dios quiera que no, a otro reencuentro, a otro hoyo, a esperar de nuevo a su marido. Y es lo que tiene la miseria, que te conduce siempre al hoyo.

Lo chocante es la alegría desbordada del gobierno turco al regocijarse en la cantidad de mineros salvados, solo ha faltado el presidente y su cohorte dirigiendo el evento. Tranquilos, seguro que esta fuera del campo de la cámara, pero por poco.

Esto me recuerda cuando éramos niños, y jugábamos, contra el mandato de nuestras madres, en el comedor y al balón. Raro era que una pieza de porcelana no cayera al suelo bajo una prodigiosa volea de uno de nosotros. Pero si la pieza caía al suelo y, por una intervención de los hados, no se rompía, a nadie se la habría ocurrido estallar en alborozados aplausos. Solo habríamos bajado la cabeza, esperando en ese golpe de suerte, evitar uno en el culo por nuestras madres.

Pero la vida ha cambiado mucho en estos pocos años. Ahora un gobierno, y una recua de maleantes, no de los de antifaz y recortada, sino de los de traje y gomina, mandan a la muerte a setecientos hombres, y luego celebran el triunfo de sacarles. El cinismo hecho categoría.

En el colmo de la desfachatez, Turquia, y las compañías mineras, venden hoy al mundo el suceso como un triunfo organizativo del gobierno y tecnológico de las compañías, cuya experiencia y maquinaria han sacado de las minas a unos pocos supervivientes. Mandarle a la muerte a una mina infecta sin control de estructuras viejas y endebles, sin inspecciones, sin sistemas de evacuación, trabajando a 40 grados y un 95% de humedad, cavando y arrastrando su vida en polvo días enteros, semidesnudos, es un éxito, un triunfo de la tecnología, un logro nacional. Que inverosímil nuestra escala de valores, que triste vida la que se refleja en la mujer de esta foto. Que absurdo todo.

Lo cierto es que, claro, todo es una interpretación. Antes de escribir este obituario, se me había ocurrido otra interpretación más verosímil de esta imagen. ¿Y si el minero hubiera salido vivo y esta mujer apareciera abrazada a él?. ¿Y si él hubiera gritado “estamos salvados, la exclusiva de mi desgracia sacara del hambre a nuestros hijos”?. Pues si hubiera dicho eso, la mujer habría contestado lo obvio, entre gente sencilla y de moral recia, “No podemos beneficiarnos de esta situación, nos criticarían, nosotros somos pobres, pero honrados, ni en la desgracia podemos encontrar consuelo”.

Porque, por si no lo sabéis, hace cuatro años miramos una foto igual, en Chile, con treinta y tres mineros atrapados y rescatados después, tras meses de agonía en el fondo del infierno. Alguno contó sus desdichas, y les llovieron por aprovechar el tren de la fama y sacar unos chavos de esa historia, contando en las cadenas su relato.

Muchas más críticas de las que se oyeron contra un gobierno que aprovechó muy bien sus bazas. Y es que Chile vivía y vive una soterrada guerra entre compañías mineras y gobierno, cuya primera batalla fue ganada por Piñera, el presidente araucano de entonces, quien utilizó esos largos meses de “lucha por los mineros”, para sacar adelante una legislación que subía los aranceles e impuestos a las compañías mineras extranjeras que trabajaban en Chile.

El argumento era obvio. Las compañías son malas, metieron al minero dentro, Codelco, la compañía pública del cobre chileno es buena, ha liderado el rescate a plena satisfacción. Aquella desgracia hasta permitió a los sindicatos sacar tajada, pues en un país donde los mineros son criticados (es el colmo) por ser los “mejor pagados, pudieron argumentar en sus negociaciones con la patronal, que el dinero era poco (¿el suyo o el de ellos?), para los riesgos que se corrían.

Pero la mayoría de los mineros no vieron ni un cuarto de esas negociaciones. La mayoría de los mineros no trabajan en grandes explotaciones, sino en minas antiguas y dejadas a su suerte, como aquella de San José, como muchas pequeñas y semiclandestinas de Turquía, en la que en lugar de morir 300 de hombre de una vez, muere uno cada día del año. Y ya se sabe, la desgracia es cosa de número.

Al final, los muertos hoy en Turquía, solo serán una pequeña parte de los 3.782 en el mundo. Y mañana cuando pase el luto, todo seguirá igual, la opresión, la miseria, y hasta el olvido.

Por eso esa tristeza contenida de nuestra mujer, por la horrible presencia de la muerte, siempre rondando a las gentes sencillas, también aquí arriba, en el infierno.

Imagen AFP/El País

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