Adiós al Rey

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En los años anteriores a 2014 las comparecencias del Rey, casi siempre en boca de sus médicos, se habían convertido en una rutina anodina y de relleno, dentro del melifluo protocolo de nuestra democracia. Pero en 2014 el Rey transformó su mensaje en la apertura de una puerta a lo desconocido, sin que supiéramos (al menos la mayoría, lo que iba a ocurrir).

En 2014 el rey se silenció y dejó de dar su versión (casi siempre complaciente) sobre la acción del gobierno, los recortes de rigor, el protagonismo de su familia en el saqueo de las arcas públicas, nuestro papel internacional de comparsa (de la que él ha sido siempre uno de los pocos esforzados en mejorar ese papel y de los más beneficiados).

En 2014 el Rey había decidido dejar de luchar contra los elementos (muchos creados por él) y dar paso a un relevo generacional. Caras nuevas, ideas nuevas, formas de hacer nuevas. Con el mismo sistema. La crítica hoy se amplía al descubrir en el discurso del rey todo un relato de caprichos, ilegalidades e inmoralidades (y no me refiero a Corina ni a la fiel y silenciosa Marta Gayá).

Y es que, para muchos, el descrédito de la institución monárquica es tan profundo, y su complicidad con un sistema político caduco, tan grande, que, sin llegar a los extremos, aun, de la España de 1930, son muchas las voces que reclaman aprovechar el momento para una revisión a fondo de nuestra arquitectura constitucional, para replantearse el sistema. Algo lícito en una democracia. Pero en este país, ya se sabe, solo toca votar cuando te mandan, y para lo que te mandan. Aunque luego con tu voto el poder disponga lo que considere pertinente, aunque no esté en su programa.

Una de las tristezas de esta situación está en que los robos del rey Juan Carlos no son una de las principales preocupaciones de los españoles, hasta ese punto llega nuestro hastío.

Salud y edad al margen, su abdicación en 2014 nos revela ahora que el procesamiento de Iñaki Urdangarín, y la forma en que este caso afectó a la corona, no era el problema más serio al que se enfrentaba la casa real, mientras que para nosotros sí, máxime en un momento en que todo el sistema esta cuestionado. Los partidos, las autonomías, la organización provincial y los poderes del estado en funciones (Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder judicial..).

En estos momentos económicos, en los que tanta gente tiene necesidades, esta debilidad de las instituciones es lo último que necesitábamos.

Parte del problema que hoy llena portadas con los negocios del rey y la fragilidad de la corona viene de nuestra peculiar transición. Oprimidos en unas circunstancias extremas de paro, reconversión industrial, golpismo y terrorismo, los legisladores constituyentes construyeron el edificio de nuestras actuales libertades, pero con decenas de flecos, de problemas aparcados. Tantos que ya no nos caben debajo de la alfombra. Uno de ellos, y no menor, es la monarquía. La derecha española es mayoritariamente no monárquica. Quedó claro en las cortes de la Segunda República, y antes en la crisis de Isabel II y de Alfonso XIII. La izquierda es públicamente republicana. Muchos con poca convicción, sin saber que significa eso y, en muchos casos, defendiendo una mera pose estética de oposición ante una familia de privilegiados. Pero son públicamente republicanos, eso es lo que cuenta.

El resultado es una simpatía transitoria hacia la figura de Juan Carlos, y una actitud de respeto reverencial e irracional hacia la corona, más basado en el miedo por el que pasará sin ella, o a la necesidad de agradecer los favores prestados al país, que por una convicción. Pero el cuestionamiento está ahí. Y es difícil que un país sobreviva ante tamaño cuestionamiento.

Otra cosa es nuestra capacidad para juzgar a todos por igual. Dos presidentes navarros tuvieron que dimitir por corrupción (Urralburu y Otano), dos están imputados o sentenciados (Camps y Matas) y dos mil cargos públicos están acusados y procesados en todo el país (subsecretarios, consejeros, presidentes autonómicos, alcaldes y hasta concejales). Pero nadie se plantea por ello acabar con ayuntamientos, provincias o autonomías. Como nadie lo hizo en Israel (acabar con la republica) porque su presidente fuera condenado por robo y violación.

Es cierto que el rey cometió un error. Que, como jefe de estado, cuando tuvo conocimiento de las irregularidades de Urdangarín en 2005, debió intervenir de manera oficial, no privadamente, mediante un asesor e instándole a poner pies en polvorosa, porque tras él la trama siguió, y aunque Urdangarín abandonó el instituto Noos, los efectos negativos sobre las arcas públicas siguieron. Es cierto que el rey, ante un caso de corrupción palmario antepuso sus lealtades familiares a sus deberes públicos. Lo peor, lo triste, lo turbador es que ahora conocemos que él ha robado, ha corrompido y ha sido incapaz y negligente en sus obligaciones, igual que decenas de nuestros gobernantes.

Es cierto que es un hombre preso del paso del tiempo y de sus errores, de la relajación de un sistema que tras los grandes logros de la Transición se relajó y se pudrió. Con todo, y pese a ese aire caduco y viciado de la institución que representa, siento en mi ser que le debo algo. Siento que, a poco que releo algo de historia, hoy escribo esto porque él, y los que le arroparon, lograron para mí la libertad de la que disfruto. Siento que no fue solo su mérito, es cierto, pero sí que fue suyo el mérito de liderar a un pueblo, enconado y dividido, ajado por décadas de odio, en el camino para ser una nación libre, digna y justa.

Hoy en medio del derrumbe lento de nuestro sistema, se nos olvida, como suele ser costumbre nuestra historia. Somos rápidos y ágiles en la crítica, pero en ocasiones cicateros con los agradecimientos, y tacaños con quienes nos han aportado tanto, no solo errores.

Tienen razón los que dicen que no estamos solo ante una crisis sanitaria y económica, sino también moral y política. Tienen razón los que dicen que nuestro régimen constitucional exige una revisión rápida y profunda, antes que se derrumbe. Necesitamos una reforma a fondo de nuestra estructura de poder y financiera, de nuestro modelo territorial, de nuestro sistema de justicia social y un saneamiento profundo de nuestra dirigencia política. Pero también precisamos estabilidad y concordia, y el rey fue parte de ella.

Hoy me siento frustrada, dolida, desorientada, porque quien creí un día que construía mi futuro hoy se que solo me lo robaba.

Imagen Voz Pópuli

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