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Hace 76 años, los soldados aliados descubrieron Auswitch. Miles son las historias que se han publicado y que te encogen el alma. Hombres y mujeres atormentados que sobrevivieron y hoy sirven de recuerdo en todos los medios.

De todas esas historias la que más me ha estremecido es la de la ya fallecida Mazaltov Behar Mordoh. Una niña de 17 años, a quien esos tiempos en los que la humanidad pierde su nombre, a punto estuvieron de arrebatar su vida, y casi su dignidad.

Había nacido en Salónica, en los felices veinte y miró el lado blanco de la vida, entre las calles bulliciosas de la Grecia de entreguerras, y los mostradores relucientes de la tienda de sus padres. Nuestra princesa se educo en la bondad, entre los libros que en ladino recordaban como sus antepasados habían perdido su raíz de la mano de la persecución de los Reyes Católicos. Lejos quedaba su pasado español, pero no su cultura, su identidad, ni sus deseos de construir otra vida.

Con doce años, la civilización se hizo añicos. Los nazis invadieron su hogar, devastaron sus sueños y empalaron su alma en un inmundo tren camino de infierno. Una semana de viaje, fue tiempo suficiente para penetrar en una “Divina Comedia”, ausente de palabras. Auschwitz seria su pesadilla en los siguientes años. Cada día bajó un peldaño de la larga escalera que despojaba de humanidad, más a sus carceleros que a ella. Fue separada de sus padres, luego de su grupo, mas tarde de las mujeres, hasta encontrar abrigo en un selecto grupo de vírgenes destinadas a la experimentación genética.


Mazaltov Behar Mordoh

Envuelto su rostro en un velo tejido con una lágrima, Mazaltov visitó Oviedo en 2007, y arropó con su testimonio al entonces Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, Yad Vashem, director el Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén. “Con 17 años, me colocaron una madera aquí en el estómago, muy ancha y consistente, como una caja, y luego aplicaron la radiación. Tuvieron que pasarse porque me destrozaron también el riñón”. Contaba con cierta dificultad, obligada por la penumbra del recuerdo, a un periodista de “El Pais”. Fue vejada, humillada, asesinada en vida. Pero nadie consiguió arrebatarla su dignidad, ni ensombrecer la virtud de quienes, en lo mas recóndito de su alma, mantuvieron erguida su condición de seres humanos.

Junto al estudio de los efectos del horror nuclear que se avecinaba, los experimentos que dirigía el medico nazi J.H. Glauber buscaban métodos para hacer inviable la reproducción en las mujeres de las razas “inferiores”.

Solo recordaba del bloque 10, donde vivió en los meses de radiaciones continuas el vomito persistente que quemaba su cuerpo un día tras otro.

Pero la vida no se rinde, y los valores que la sostienen tampoco. Terminado el experimento, el doctor Horst Schumann era el encargado de operar a las pacientes, observar los efectos en sus ovarios y extirparlos. El destino hizo que Schumann delegase esa horrible labor final en un medico judío octogenario. Tumbada en la mesa de operaciones, y con ojos encendidos, imploró a aquel médico que salvara su ovario sano, que le diera la oportunidad de tener hijos y transmitir aquel horror, para que nunca volviera. ¿Sabes que lo que me pides me costará la vida?. Samuel, que ese era su nombre, salvó a aquella niña. Luego le mataron.

Con el fin de la guerra, Mazaltov huyó, atravesó una Silesia nevada, derrotó a su tuberculosis, y tras un arduo peregrinaje por la Europa aliada regresó al principio, a Grecia, donde conocería a quien luego fue su marido, criando ambos a su hijo Samuel, cuyo nombre recuerda a quien cambio su vida por la suya, y con ello salvó su alma.

Mazaltov vivió en Lloret de Mar hasta su muerte en 2012, en un mundo que creyó distinto, alejada de un infierno del que pensaba que solo quedaba una marca a fuego en su brazo, un grabado en su piel que la identificaba como la preso número 41.577. 

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